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Dentro de todas las malas decisiones que ha tomado Donald Trump en materia comercial, la peor será, sin duda, jugarle al macho en su relación con China.

El Presidente de Estados Unidos puede someter a la mayor parte de las naciones del mundo, puede hacer que se doblen rápido, como le gusta presumir, pero el gigante asiático es un país que funciona diferente.

Se esfuerzan los seguidores de Donald Trump en tratar de explicar la lógica de su política comercial, intentan desesperadamente justificar por qué su modelo busca recaudar aranceles en el exterior para disminuir los impuestos en lo local y aumentar el poder de compra, a la par de la producción manufacturera interna.

Todo el posliberalismo que parece enarbolar el Presidente republicano choca con la realidad de estar frente a un rabioso acosador que busca el sometimiento de los demás, por el simple placer megalómano de triunfar.

Pero si Donald Trump se percibe como el macho alfa lomo plateado que domina a la manada mundial, debe saber que el presidente de China, Xi Jinping, puede darle la impresión de bonachón, pero tiene de su lado un poder descomunal en un país de casi 1,000 millones de consumidores.

Donald Trump tiene que enfrentar elecciones legislativas intermedias en 573 días que pueden cambiarle la suerte política, Xi no tiene restricciones para renovarse como Presidente en el 2028 cuando termine su actual tercer mandato.

Trump ya empieza a enfrentar voces internas que cuestionan su proceder en materia comercial, Xi, no.

Y algo más importante, China produjo en el 2023, 28.7% de toda la manufactura mundial. Estados Unidos compró a China el año pasado 439,000 millones de dólares en mercancías y el país asiático compró a la nación norteamericana 143,000 millones de dólares.

Así que cuando hablamos del arranque de Trump de poner 10% de arancel, después otro 10%, más tarde en los recíprocos 34% más y en el berrinche más reciente otro 50%, para dar ese famoso 104% de impuesto de importación, hablamos de un suicidio económico.

Aun sin una respuesta en espejo de Pekín, el castigo del sobrecosto a casi 500,000 millones de dólares anuales de importaciones es para los consumidores estadounidenses.

Donald Trump deja de ser el estratega que ven sus seguidores para convertirse en un bravucón que quiere jugar a la gallina con su auto de Detroit contra un ferrocarril chino que viene de frente a toda velocidad. ¿No puede ver lo que va a salir mal?

Trump le declara la guerra comercial al mundo, unos ceden, China, no. El mensaje de los asiáticos es que llevarán su lucha hasta el final.

No se trata de calificar la justicia comercial o la manera subsidiada como China ha conquistado mercados, lo que ciertamente les ha dado la razón a varias administraciones de Washington DC para oponerse al modelo comercial del país asiático. De lo que se trata es de anticipar el resultado del choque que propone Donald Trump, donde, desde ahora, podemos anticipar un ganador: nadie.

Pero dentro de las pérdidas mayores, en esa ruta de colisión de los machos alfa en el chicken game, Estados Unidos sacará la peor parte y con ellos el mundo occidental.

Estados Unidos compró a China el año pasado 439,000 millones de dólares en mercancías y el país asiático compró a la nación norteamericana 143,000 millones de dólares.