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El 22 de septiembre de 1975 el poderoso líder obrero Fidel Velázquez destapó a José López Portillo como el candidato a la presidencia de la República.

El 4 de julio de 1976 fue la elección presidencial con la peculiaridad de que el abanderado del oficialismo fue el único candidato que apareció en la boleta electoral. Por lo tanto, el ganador rotundo de las elecciones fue López Portillo.

Incluso en aquellos años en los que el partido oficial no tenía que fingir una competencia interna, ni esconder la decisión del dedazo presidencial con encuestas o cualquier otro método que aparentara un proceso democrático, el abanderado tricolor tenía la posibilidad de tener su propio plan de gobierno.

El acuerdo implícito era que el heredero tendría todo el poder a cambio de no rascar en el pasado de los antecesores. Y los expresidentes tenían el compromiso de no entrometerse en la vida política del nuevo sexenio.

El propio López Portillo exilió a su antecesor Luis Echeverría como embajador en las islas Fiji cuando notó algún tipo de injerencia del expresidente en su mandato.

Claro, resultó tan populista y desastroso el proyecto de gobierno de Echeverría como el de su sucesor López Portillo, pero ambos pudieron imprimir su estilo de gobernar.

¿Dónde estamos hoy cuando pocos tienen dudas del resultado de “la encuesta” de Morena, con el añadido de que quien resulte como contendiente a la presidencia deberá mantener el mismo plan de gobierno del actual presidente, Andrés Manuel López Obrador?

Por eso son corcholatas, porque son parte del mismo envase que contiene lo que dan en llamar “Cuarta Transformación”.

Quien más se pliegue al guion concebido por López Obrador se ganará el derecho de mantener ese montaje en el poder.

En el viejo PRI, el Presidente en turno designaba a su sucesor quien tenía el derecho de gobernar a su estilo. El planteamiento del régimen actual es montar una “encuesta democrática” para ver quién aplica el proyecto de gobierno de López Obrador.

Es más que evidente que este país necesita retomar el rumbo en muchos ámbitos en los que claramente ha fracasado el régimen actual. Sería deseable que aun si ganara el mismo partido político, quien resulte elegido tuviera el sentido de urgencia de replantear lo que no ha funcionado y que, además, así lo ofreciera en su actual precampaña adelantada.

El problema es que mientras más se alejen de ofrecer sumisión a los planes de López Obrador, más difícil será que puedan obtener la candidatura presidencial.

El propio López Obrador lo ha dicho, con todas sus letras, que, en septiembre del 2024, con una imaginaria composición mayoritaria del Congreso, presentará iniciativas de cambios constitucionales, a pesar de que le quede menos de un mes del periodo constitucional de su mandato.

Si la encuesta para seleccionar al candidato presidencial del oficialismo fuera real, difícilmente hasta los más fieles seguidores de López Obrador no apoyarían a un candidato que planteara hacer cambios importantes dentro de la misma línea de su 4T.

Pero si la consulta se aplica sólo a un gran elector, evidentemente que la victoria la obtendrá, no sólo quien prometa seguir ciegamente el actual plan de gobierno, sino quien realmente pueda ser manejado en esa dirección durante los siguientes años.