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Personalmente, Andrés Manuel López Obrador pidió a sus subordinados que pusieran en la pantalla principal de la conferencia mañanera las fotografías de algunos de los personajes que asistieron a la manifestación de defensa de la democracia del domingo pasado.

Lo hizo para insultarlos, para acusarlos de supuestos actos de corrupción y hasta de carteristas. Pero sobre todo, para que quedara claro que, desde el poder presidencial, se usan los instrumentos del Estado para documentar que a esos personajes se les sigue la pista y que se usan los recursos públicos para denostarlos desde la máxima tribuna política del país.

Esos son actos autoritarios que en México hemos normalizado, porque “así es López Obrador”, porque “así son las mañaneras”. Pero la tolerancia, o la imposibilidad de frenarlos, abonan a un camino cada vez más intransigente desde el poder.

Este país tomó, al menos en lo que va de este siglo, un modelo democrático que ha funcionado a tal grado que un personaje que era considerado por las clases más ilustradas como un peligro para México pudo encumbrarse en un sistema donde contó el voto masivo, como lo marcan las reglas de la democracia.

La vida democrática es más que el voto libre, es un juego económico abierto, influye en la política y en la sociedad. Ha sido una decisión colectiva, forzada en su momento para acabar con esa hegemonía del partido único y que si bien ha dado resultados inconclusos en materia de desarrollo, sí ha permitido a este país tener mejores condiciones que las naciones declaradamente autoritarias del continente.

La democracia en México está en peligro y con ella el desarrollo económico a través de sus sociedades financieras y comerciales con otros países democráticos.

Hoy está en riesgo claramente por el llamado plan B, que es la respuesta autoritaria del régimen ante la realidad del desencanto social de su fórmula política. Si López Obrador estuviera tan seguro de que el pueblo está convencido y feliz con su “transformación”, no necesitaría torcer las reglas electorales para tratar de conservar el poder.

Pero la democracia en México ha aparecido en riesgo desde antes de esta intentona del plan B.

En el “Democracy Index 2022” elaborado por The Economist Intelligence, México ya aparecía como una nación híbrida, no totalmente democrática, no totalmente autoritaria. En un nivel similar al de Uganda, Nigeria, Turquía o El Salvador.

Colombia, Argentina o Brasil son países vistos con mejores niveles democráticos que México, que este México del gobierno de Morena.

México es un híbrido que lo mismo tiene las ventajas de ser socio comercial de América del Norte, como lo consiguió en mejores momentos democráticos. Pero al mismo tiempo, con un gobierno que se solapa y apoya en regímenes como el de Cuba, claramente ubicado entre los gobiernos autoritarios del continente y el planeta.

Es indispensable ver a qué orilla antidemocrática se está acercando México con las acciones de este régimen. Porque nos pasó de noche perder un escalón entre las democracias con la instauración de la 4T.