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Vaya que el actual régimen debería aprovechar la presencia del expresidente Ernesto Zedillo en México para hacerle una pregunta fundamental, ¿cómo evitar que con el pésimo manejo fiscal que el régimen se permitió este año no entremos en una crisis presupuestal a partir del próximo año?

Y seguro que con la inquietud que tiene el presidente Andrés Manuel López Obrador de hacerle cuatro preguntas al distinguido exfuncionario mexicano, si pone un poco de atención, seguro podrían en este gobierno aprender algo.

En el tema del Fobaproa, podría este régimen preguntarle a Zedillo sobre las lecciones que dejó el salinismo cuando puso el negocio bancario en manos inexpertas de los allegados, podrían preguntarle: ¿Qué sucede cuando se ponen negocios en manos inexpertas de los ambiciosos amigos de familiares cercanos?

Y ya que López Obrador tiene tantas inquietudes con el sistema de pensiones, sus preguntas las debería dirigir a los expresidentes Fox, Calderón y Peña para que le expliquen por qué no profundizaron las reformas en el sistema de cuentas individuales para aumentar paulatinamente el ahorro obligatorio de patrones y empleados.

Seguro que Zedillo podría explicarle, y de una forma muy didáctica, qué pasaría con las finanzas públicas de este país si López Obrador pretendiera regresar a un esquema de pensiones de reparto que además intente tasas de reemplazo de 100 por ciento.

Quizá con el apoyo de peras y manzanas, Ernesto Zedillo podría explicar a la autoridad actual qué sucede cuando en épocas de alta inflación, como las que vivió México a finales del siglo pasado, se opta por un aumento salarial que compita con los precios.

Pero en una de esas, ante la pregunta de por qué no subieron los salarios mínimos más que la inflación, le respondan a López Obrador que la medalla que se cuelga es un mérito de la Coparmex desde el sexenio pasado.

De los trenes de pasajeros, no hay mucho que decir. Ese es sólo un capricho del actual Presidente. Y si insiste, que le hagan ver los resultados del Tren Maya.

Y ya que anda con ganas de preguntar, López Obrador debería pedirle a Zedillo consejo sobre cómo le hizo para que el crecimiento anual promedio de su sexenio fuera de 3.4%, porque en este sexenio con trabajos podrá llegar a 1 por ciento.

Podría pedirle a Zedillo unas clases sobre la importancia de la autonomía e independencia de diferentes entidades que sirven de contrapeso al gobierno y a los particulares, como toda la lista de organismos que pretende ahora desaparecer López Obrador.

Podría López Obrador pedir explicaciones sobre la importancia de la autonomía del árbitro electoral, esa que el entonces IFE consiguió en tiempos de Ernesto Zedillo y que ahora, en tiempos de López Obrador, le regatean al INE.

Seguro que podría doler un poco esta pregunta, pero López Obrador debería interrogar a Ernesto Zedillo sobre su estrategia para terminar su sexenio con una popularidad de 60%, que está por arriba de la que hoy tiene el Presidente actual.

Y lo que todos nos preguntamos, ahora que López Obrador quiere ponerse a la altura de Ernesto Zedillo, es si el Presidente de hoy como aquel de finales del milenio pasado sería capaz de aceptar una derrota electoral en la presidencia de la República.