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Todo aquel que entienda por qué hoy es el “82 de enero” tendrá claridad de que la condición económica es todo menos boyante.

Es cierto que, por ejemplo, enero del 2021 fue una película de terror, pero es un hecho que hoy se siente que la inflación nos ha arrebatado muchas cosas y que el ritmo de la recuperación económica no ha compensado ese poder de compra e inversión perdidos.

El crecimiento económico claramente ha sido insuficiente para compensar las dos calamidades que ha enfrentado este país durante el último lustro: el Covid-19 y la Cuarta Transformación.

La recesión en México arrancó mucho antes que la pandemia y la recuperación acumulada durante los tres últimos años ha sido insuficiente para que el Producto Interno Bruto (PIB) repartido entre todos los mexicanos (per cápita) se haya recuperado a los niveles que teníamos en el 2018.

Con un poco de suerte el crecimiento del PIB en este 2024 podría alcanzar para que al menos este régimen entregue la economía igual que como estaba el sexenio anterior.

Habrá que ver si alcanza, porque los datos de la desaceleración económica durante el cuarto trimestre del año pasado anticipan que este arranque del 2024 podría estar más ralentizado de lo que se ha pronosticado.

El PIB del cuarto trimestre del 2023 se expandió apenas 0.1% en su comparación con el lapso julio-septiembre y con ello la economía mexicana tuvo la más baja expansión trimestral desde finales del 2021.

Entonces, una inflación alta, que mantiene presiones importantes sobre todo en los precios de los alimentos, y una clara desaceleración económica que se ha sentido durante este larguísimo mes de enero nos llevan a la pregunta de ¿qué es más preocupante, la desaceleración o la inflación?

Depende la óptica. Para el Banco de México, por ejemplo, no debería existir más preocupación que la inflación.

No es momento de que al interior del banco central quieran mostrar preocupaciones por el desempeño económico y con eso justifiquen un relajamiento monetario.

Porque hay quien dice que, si quitamos el jitomate de la ecuación del aumento de los precios, va requetebién el proceso desinflacionario y, por lo tanto, Banxico tendría margen de iniciar con la baja en las tasas de interés.

Ya sabemos qué sería la abuelita si tuviera ruedas, por lo que vale la pena no descuidar el hecho de que lo que pesa en la decisión de la Junta de Gobierno del Banco de México es la fuerza del mensaje, no la incidencia de la salsa roja en la tasa de interés interbancaria.

El tema de la desaceleración económica sería competencia de la autoridad fiscal, sólo que si alguien está buscando en estos tiempos electorales el sobrecalentamiento de la economía mexicana son precisamente aquellos que dispersan el gasto público.

Así que la discusión para la autoridad hacendaria debería ser en este final del sexenio, entre los niveles de crecimiento y la salud macroeconómica afectada por los niveles del descomunal déficit y el sobreendeudamiento.

Así pues, llegamos a este “82 de enero” sintiendo esa combinación entre las presiones inflacionarias y una economía que inicia el año en clara desaceleración. Por eso se hizo eterno este primer mes del año… ¡y febrero tiene 29 días!