Ya llegarán otros costos para el país cuando se inauguren los demás proyectos caprichosos de la 4T, como el Tren Maya o la refinería de Dos Bocas. Pero, por ahora, el que deja ver lo que cuesta una mala decisión es el aeropuerto Felipe Ángeles que está marcado por el autoritarismo y hasta el tráfico de influencias.

Hoy tenemos testimonios y evidencias, por parte de los que operan el espacio aéreo del Valle de México, de las consecuencias y los peligros de querer, por órdenes presidenciales, apretar tres aeropuertos en un espacio donde claramente debió operar un solo aeropuerto, como aquel que se construía en Texcoco, junto al Benito Juárez.

Pero esta historia se remonta a varios años atrás. Cuando en el 2001 el entonces presidente Vicente Fox anunció la construcción de un nuevo aeropuerto para la capital en San Salvador Atenco, pegadito a Texcoco, el entonces jefe de gobierno, Andrés Manuel López Obrador, se encargó de calentar la plaza. En pocos meses y a punta de manifestaciones hasta violentas, el débil gobierno de Fox desistió de construir esa terminal.

Cuando a finales del 2014 el presidente Enrique Peña Nieto anunció la construcción del Aeropuerto de Texcoco, López Obrador volvió a oponerse. Sólo que ahora el excandidato presidencial lo hizo con un proyecto para construir un aeropuerto en Tizayuca, Hidalgo, pegadito a Santa Lucía, que había diseñado su constructor favorito José María Riobóo.

Nada pudo hacer López Obrador para detener el proyecto de Texcoco y favorecer a ese constructor a quien le había dado adjudicaciones directas millonarias para la construcción del segundo piso en la Ciudad de México.

Pero tan pronto como ganó las elecciones, y a las pocas semanas de su triunfo, López Obrador obligó al gobierno saliente a que suspendiera cuatro licitaciones del nuevo Aeropuerto de Texcoco.

Después de fingir una consulta popular y siempre de la mano de Riobóo, López Obrador anunció la cancelación de la obra del Aeropuerto de Texcoco y la ampliación de la base militar número uno de Santa Lucía en Zumpango, Estado de México.

Evidentemente que el proyecto de construcción que sin ningún pudor presentó López Obrador para parchar la terminal aérea militar era de José María Riobóo. Y si bien se le hicieron modificaciones militares al proyecto, el constructor favorito se mantuvo presente en el proceso de construcción.

Fue el propio Riobóo el que dijo que no era mala idea construir aeropuertos tan cercanos para una operación simultánea porque con la tecnología que hay vía satélite los aviones no pueden chocar porque se repelen.

Así, la historia de la cancelación del Aeropuerto de Texcoco pasa más por esta relación político-empresarial que por cualquier otro pretexto.

Todo ese poder que tiene López Obrador le ha permitido llegar hasta este punto de haber construido un aeropuerto como el Felipe Ángeles que, a decir de su propio ex secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, tendrá un costo de 400,000 millones de pesos, muy superior al de Texcoco.

Pero la gran factura de este elefante blanco vendrá con su operación. Con los costos económicos que ahora van a infringir a las líneas aéreas y a los usuarios.

Y, sobre todo, con los enormes riesgos a la seguridad de los pasajeros y tripulaciones.