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Otis, súbito huracán categoría 5, no es responsabilidad del gobierno federal. Pero la falta de actuación de las autoridades durante las horas previas al impacto en Acapulco y todo lo que hemos visto durante los días posteriores sí es plena responsabilidad de los tres niveles de gobierno.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador se ve más del lado de los problemas que de las soluciones ante una desgracia de este tamaño.

Desde el hecho de convertirse en un damnificado más del huracán, que tuvo que ser rescatado del atasco por el secretario de la Defensa Nacional y la secretaria de Seguridad Ciudadana, hasta el hecho de haber cancelado todos los mecanismos del Estado, como el Fonden, que estaban diseñados para aplicarse en situaciones como la actual.

Este régimen, experto en propaganda, juega con las palabras. El Fideicomiso Fondo de Desastres Naturales, que acumulaba recursos para atender este tipo de emergencias fue sustituido por una partida presupuestal, anual, no acumulable a la que le pusieron el nombre de Fonden.

Todo el resto son maromas discursivas del régimen para tratar de decir que sí existe lo que desapareció junto con otros 108 fideicomisos. El mejor resumen de la demagogia son estas palabras presidenciales: “cuando el pueblo de México necesita apoyo, se puede utilizar todo el presupuesto público, no hay límites”.

Los gobiernos municipal, estatal y federal, todos del mismo partido, fallaron en advertir a la población que estaba en camino un huracán poderoso. El Presidente dice que sí avisaron porque, dijo, “yo puse un tuiter (sic) como a las nueve”.

El jefe del ejecutivo falló en liderar en el lugar del desastre a sus subordinados. Se atascó en el camino, en lugar de usar aviones y helicópteros de la Fuerza Aérea, y nadie ha visto una sola imagen del presidente en Acapulco tras la desgracia.

López Obrador se atrincheró en Palacio, sólo para hacer sus mañaneras y si este fin de semana no lo vimos al frente del rescate en Guerrero fue porque ya tenía una gira programada por el Estado de México.

La rapiña es otro fenómeno que toleraron las fuerzas de seguridad locales y federales. Frente a soldados, guardias y marinos robaban todo, de las grandes cadenas, de las pequeñas tiendas, de los bancos y de algunas casas. En pocas horas la masa lo consideró su derecho, hoy hay un ambiente de anarquía.

En medio de todo esto, de la desesperación y la urgencia, el régimen quiere sacar una raja política y anuncia que su ejército de servidores de la nación serán los únicos autorizados a levantar un censo y a entregar de manera directa los apoyos.

Y se repetirá así el esquema que priva en todo el país, y del cual hay muchos testimonios: una persona con chaleco guinda, el color del partido político Morena, extenderá la mano para dar una tarjeta y decir “se lo manda el presidente López Obrador”.

Muchos de los proyectos de gobierno de este sexenio eran un resumen de los malos resultados. Pero la desgracia que ha implicado el paso de Otis por Guerrero es una síntesis de lo que le puede implicar a un país del tamaño y desarrollo de México no tener una autoridad que esté a esa altura.