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Los brasileños y su soberana decisión prefirieron quedarse con Dilma Rousseff otros cuatro años. Allá ellos y sus motivos. Lo importante es ver las condiciones que hoy enfrenta el gigante sudamericano porque siempre es bueno poner las barbas a remojar y porque, si aquellos caen, a nosotros nos arrastra.

Por lo menos en lo que va de este siglo México le ha tenido una enorme envidia al país sudamericano, porque mientras aquí prevalecía un pasmo político allá se hacían cambios profundos que los convirtieron en la estrella de los mercados emergentes latinoamericanos.

Y como para poner una cereza a ese pastel de las envidias, al economista Jim O’Neill se le ocurrió acuñar un acrónimo que ubicaba a los brasileños a la cabeza con aquello de los BRICS, donde a los sudamericanos los ubicaba al nivel del éxito de China, India, Rusia y Sudáfrica.

Luis Inácio Lula da Silva representaba al héroe perfecto: un ex obrero encumbrado que le cambia la suerte a su país, lo saca de la pobreza y lo hace crecer a tasas impactantes. Pero no hay Lula que dure 100 años, ni democracia que lo aguante.

La heredera de las glorias del obrero metalúrgico no tenía ni el carisma ni la habilidad de su padre político, pero sí la presión de dar resultados. Los populistas siempre creen que ellos son infalibles y que pueden estirar la liga financiera sin que se rompa.

En este siguiente mandato de la señora tiene la opción de dejar las cosas como están, mantener su ritmo de gasto, no procurar más ingreso y esperar que la inflación y las tasas de interés se disparen, entre otras calamidades financieras como la desconfianza.

O bien puede emprender un plan de recomposición fiscal, aumentar los ingresos, reducir los gastos que no estén atados a sus propias leyes y de esa manera corregir los desequilibrios que hoy el mercado le reclama a Brasil.

El próximo año será más restrictivo en el flujo de capitales, el mundo está en un proceso de astringencia por el retiro de estímulos de la Reserva Federal y el incremento en sus tasas de interés que viene.

La realidad es que Rousseff elevó su oferta de gasto y no privilegió un discurso de corrección de lo descompuesto. Puede ser comprensible en una campaña política. Pero también se entiende que eso es precisamente lo que hoy tiene nerviosos a los mercados.

Las tentaciones estilo Venezuela o Argentina de ir en contra de la lógica del mercado del que tanto se beneficiaron están presentes en Brasil.

Esa nación sudamericana se jugó este pasado domingo algo más que el nombre del presidente, fue una decisión entre dos opciones opuestas. La opción ganadora es una continuidad de un proyecto que hoy está fracasando. Insisto, allá los brasileños y su soberanía.

La lección es que un país que no respeta sus finanzas públicas corre peligros muy serios. En México hay focos de un tenue amarillo que ya se encendieron en ese terreno de la salud financiera.

Y por otra parte, si Brasil finalmente cae como producto de la necedad de su estrategia populista, es un hecho que su nuevo efecto samba nos hará bailar otra vez al ritmo de las turbulencias de los mercados.