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Aquel 11 de septiembre de hace 13 años también era un jueves y todo amanecía con la normalidad habitual de un día de finales del verano en Nueva York.

Pero ese día cambió el mundo occidental de una forma tan violenta y tan contundente que hoy seguimos enfrentando las consecuencias de la nueva forma de ver la vida desde un cristal de temor al terrorismo.

Fue tan inesperado el ataque que los primeros reportes hablaban del accidente de una avioneta en contra de una de las torres del World Trade Center ubicado en la parte baja de la isla de Manhattan. Los primeros datos de la magnitud del impacto llegaban a la par que otro avión se estrellaba contra la otra torre gemela. Los comentaristas de la televisión decían que era una repetición del accidente cuando se dio el segundo impacto.

Las peores consecuencias de esos atentados se dieron con los miles de muertos en suelo estadounidense y los miles de muertos civiles derivados de la respuesta militar del entonces presidente George W. Bush.

Pero en términos económicos hay quien calcula el impacto en algo superior a los 25 mil millones de dólares. Los que contabilizan todos los efectos colaterales de los cuatro ataques aéreos suben la cifra de pérdidas hasta los 60,millones de dólares.

Los efectos colaterales de esos ataques terroristas y los posteriores que alcanzaron lo mismo a Londres que a Madrid han implicado costos adicionales para toda la población, porque los efectos económicos son globales.

Cuando el terrorismo ataca al primer mundo, entre otras consecuencias, suben los energéticos y se rompen las cadenas de distribución, lo que alcanza la proveeduría de las naciones más pobres que maquilan o proveen materias primas. Todos pierden.

Si bien el grupo terrorista que perpetró los ataques del 11 de septiembre del 2001 está aparentemente desmantelado, los extremistas se han multiplicado y extendido por diferentes regiones donde han conseguido territorios, protección y financiamiento.

Hoy es una amenaza real y permanente que aumenta cuando los servicios de inteligencia son capaces de darse cuenta de hechos concretos.

Sin embargo, el bombazo del maratón de Boston del año pasado demostró que no hay terroristas menores, ni explosiones pequeñas.

En el nombre del combate al terrorismo personajes tan cuestionables como el gobernador de Texas, Rick Perry, son capaces de acusar a México de ser potencial paso de terroristas yihadistas y en el nombre de la protección de su territorio ordena el despliegue de mil soldados de la Guardia Nacional.

El terrorismo puede ser local, como el bombazo del metro de Santiago de Chile esta semana, las decenas de muertos de Noruega del 2011 o los muertos de Morelia el 15 de septiembre del 2008.

La realidad del terrorismo no debe ser razón para la paranoia, como la que muestran muchos agentes encargados de la seguridad aeroportuaria que, en el nombre de la detección oportuna de las amenazas, cometen abusos y arbitrariedades todos los días.

El terrorismo es una desafortunada y cobarde práctica que sabemos que puede ocurrir en cualquier momento, porque aprovechan el factor sorpresa y su creatividad es tristemente más avanzada que su combate.