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En 1984, el escritor Isaac Bashevis Singer publicó un relato autobiográfico, Love and Exile, que avanza de su primera infancia en Varsovia a su primera aceptación de que estaba perdido en Nueva York, y de que no podría volver al mundo del que lo habían expulsado la guerra y el Holocausto.

Uno de los prodigios del libro es que la primera infancia de Bashevis, lejos de estar poblada de recuerdos de la edad, desborda obsesiones teológicas.

Las obsesiones entran en él por las discusiones de su hermano mayor, Joshua, y su padre, el piadoso rabino Pinjos Ménajem Singer:

“Joshua cuestionaba las intenciones de Dios y mi padre las defendía. Joshua decía que en la guerra de Japón habían matado a decenas de miles de soldados inocentes. Se hundían barcos con todo y tripulación. En muchas ciudades de Rusia había pogromos contra los judíos. ¿Cómo podía Dios ver todo esto y callar? ¿Un Dios así podía llamarse misericordioso? Mi padre se trababa en sus respuestas”.

El mismo Joshua trajo a Isaac la idea no religiosa sino racional de Dios, la del filósofo Baruch Spinoza:

“Spinoza creía que Dios es la naturaleza y la naturaleza es Dios. Todos los hombres, todos los animales, incluso las serpientes y los gusanos eran parte de la esencia divina. Las leyes de la naturaleza eran también leyes de Dios. Dios no premiaba al justo ni castigaba al pecador. Muchos santos morían jóvenes y en amarga pobreza. Algunos malvados se volvían ricos y vivían muchos años. Según este filósofo no había Paraíso ni Infierno”.

El pequeño Isaac sacaba sus propias, desoladas conclusiones:

“Si la naturaleza es tan sabia que vigila todas las estrellas del cielo, todos los animales del bosque, cada ratón, cada gusano, ¿cómo puede no tener compasión? ¿Cómo puede tanta sabiduría ocuparse tan poco del sufrimiento de las criaturas inocentes? Esta pregunta, que empezó a atormentarme a los seis o siete años de edad, me persigue todavía. Todavía no puedo aceptar la brutalidad de la naturaleza, Dios, el Absoluto, o como quiera llamarse a estos altos poderes”.

Su dilema teológico era simple y terrible: Dios es injusto o no existe.