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El síndrome del candidato

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Alberto AguirreSignos vitales

Con sus 935 metros cuadrados de extensión, la azotea verde del antiguo Palacio del Ayuntamiento se había convertido en la sede de los eventos privados de la Jefatura del Gobierno del Distrito Federal, a la mitad del sexenio de Marcelo Ebrard Casaubón

Con sus 935 metros cuadrados de extensión, la azotea verde del antiguo Palacio del Ayuntamiento se había convertido en la sede de los eventos privados de la Jefatura del Gobierno del Distrito Federal, a la mitad del sexenio de Marcelo Ebrard Casaubón.

Frente a la Catedral Metropolitana, al sur de la Plaza de la Constitución, desde ese mirador privilegiado, Televisa y TV Azteca pudieron montar sets para transmitir el magno festejo del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución y a partir de allí —aunque por un breve tiempo— cubrir El Grito septembrino y el Desfile Militar, en el aniversario de la Revolución Mexicana.

Tres semanas antes de que concluyera el 2011, el jefe de Gobierno citó a los funcionarios de su gabinete en la terraza de ese histórico edificio, construido en el siglo XVIII, para un brindis navideño con los reporteros acreditados a la cobertura cotidiana de sus actividades. Faltaba un mes para que el PRD —formación en la que entonces militaban los políticos de izquierda aglutinados en torno al liderazgo de AMLO— definiera al candidato que buscaría quedarse en el lugar de Ebrard Casaubón.

Un mes faltaba para la encuesta perredista. A punto de despedirse de sus invitados, el jefe de Gobierno promovió un sondeo informal: sólo dos —el vocero capitalino, Alfonso Brito, y la reportera de un diario regiomontano— se pronunciaron públicamente a favor del entonces secretario de Educación del GDF, Mario Delgado Carrillo; el resto votó por el procurador, Miguel Ángel Mancera. Nadie, por la lideresa de la bancada perredista en la ALDF, Alejandra Barrales.

El joven economista egresado del ITAM era la carta fuerte de los camachistas. Había comenzado el sexenio como secretario de Finanzas y en el 2010, su jefe lo envió a Educación, con la abierta intención de crecerlo, ante la popularidad de Mancera, quien había llegado a la PGJDF después del caso News Divine.

A la mitad del sexenio calderonista, los casos de alto impacto dieron al doctor en derecho una exposición mediática difícil de superar, pero Delgado Carrillo podría beneficiarse del magisterio institucional —afín a Elba Esther Gordillo— para montar una estructura de promoción, de acuerdo a las directrices que habían trazado en el cuarto de guerra, montado en una casona de la colonia Anzures, en el verano del 2011.

Eran los tiempos de las campañas de aire, sin redes sociales. Para ayudar al posicionamiento del secretario de Educación en los segmentos más relevantes, sus asesores inventaron una campaña de promoción de lectura, que incluía una poco discreta promoción de su imagen, a través de espectaculares, vallas y entrevistas en medios electrónicos.

Los marcelistas habían entendido que Delgado sería el ungido y pocos integrantes del gabinete capitalino se atrevieron a desafiar la línea; entre ellos, Rosa Icela Rodríguez, quien entonces estaba a cargo del programa de atención a los adultos mayores, una de las herencias del lopezobradorismo. Para implantar la Línea Plateada llevaba contingentes de viejitos al Teatro Metropólitan. Sólo Delgado y Mancera acudieron a esos eventos.

En enero del 2012, las mediciones encargadas por el CEN perredista a Buendía&Laredo, Nodo y Covarrubias y Asociados confirmaron que Mancera era el candidato más competitivo. Delgado ni siquiera figuró en la lista de prospectos, que completaron entonces Joel OrtegaGerardo Fernández Noroña y Carlos Navarrete.

Las encuestas han sido el método preferido por los izquierdistas para definir las candidaturas relevantes. Allí está la medición encargada en 1988 por Heberto Castillo —por sugerencia de Jorge Alcocer y José Woldenberg— para definir su apoyo por Cuauhtémoc Cárdenas. En el 2012, los encuestadores también resolvieron la candidatura presidencial entre AMLO y Marcelo Ebrard; los resultados de esas mediciones nunca se hicieron públicos, pero el acuerdo político llevó al tabasqueño a su segunda nominación.

Hace ocho años, Ebrard alistó su autoexilio y Delgado fue nominado al Senado de la República, al que llegó como primera minoría. En el terreno electoral, el economista neoliberal no ha perdido una campaña (en el 2018 llegó a la Cámara de Diputados, electo representante popular por Iztacalco). Ahora, en vísperas de que el INE anuncie al ganador de la encuesta abierta para elegir al nuevo presidente nacional de Morena, el líder de la mayoría morenista en San Lázaro sostiene que las preferencias lo favorecen, por encima de Yeidckol Polevnsky y Porfirio Muñoz Ledo.

Ganador de campañas, aunque desfavorecido por las encuestas, con su postura recuerda los dos ciclos anteriores (2012 y 2017, cuando Morena designó a su coordinador para la CDMX y posteriormente a su candidato). Mario Delgado no ha sido candidato a jefe de Gobierno, por las benditas encuestas. Pero llegó a la coordinación del grupo parlamentario gracias al voto de sus compañeros de bancada.

Una década después de su intentona por llegar al Palacio del Ayuntamiento, con un equipo amplio de apoyadores y asesores profesionales, pero la misma estrategia de posicionamiento, Delgado Carrillo nuevamente espera el veredicto de los encuestadores.  En el ejercicio previo —por reconocimiento de nombre— Muñoz Ledo obtuvo 15 puntos más que Delgado, quien asegura que las preferencias de simpatizantes y militantes están con él. En cualquier caso, por paridad de género, la secretaría general de Morena estaría entre Paola Gutiérrez o Citlalli Hernández. Si Yeidckol ganara, quedaría en la segunda posición el mexiquense Emilio Ulloa.

@aguirre_alberto

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