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El silencio de Los Pinos del gobierno de Peña Nieto, y quizá también el de los dos gobiernos anteriores, dice Jorge Castañeda, es la “confusa combinación de una cacofonía de mensajes, spots, anuncios, inauguraciones, apariciones públicas acartonadas del Presidente, por un lado, y el silencio dialéctico del régimen en sus intercambios con los distintos estamentos sociales, por el otro”.

“Silencio dialéctico”, sigue Castañeda, “en el sentido de la no confrontación de tesis, ideas y posiciones propias con las de los demás, para desembocar en nuevas posturas, quizás más adecuadas o susceptibles de ser compartidas o por lo menos aceptadas”.

Sigue Castañeda:

“En público, el gobierno de Peña Nieto no discute: expone, en ocasiones escucha sin responder, en ocasiones contesta sin oír, pero con mínimas excepciones, rehúye el enfrentamiento sustantivo con sus opositores, críticos o simples interlocutores no incondicionales”.

Junto con la ausencia de debate y controversia, eso que Jurgen Habermas llama “democracia deliberativa”, se pierde también una dimensión capital del liderato político democrático.

Es la dimensión de la pedagogía pública sobre las intenciones, los planes y la complejidad, a menudo la información básica, sobre los problemas de una sociedad, que los gobiernos tienen de primera mano, pues sus dependencias son termómetros cotidianos del comportamiento social.

La ausencia de esta pedagogía, implícita en el silencio de las autoridades sobre lo que saben y lo que quieren hacer para resolverlo, no solo empobrece la vida pública, sino que lima también la credibilidad y la autoridad del gobierno.

Concluye Castañeda:

“Quizás el verdadero problema del sexenio en esta materia nazca de un pecado original, que tal vez carezca de expiación posible. Peña Nieto y su equipo son priistas hasta la médula, y se vanaglorian de ello. Es su fuerza y su virtud, pero también su cruz: nadie sabe bien a bien cómo se es priista en democracia. El sello ontológico contradice todo lo que la democracia representativa implica. Dichos y normas como ‘El que se mueve no sale en la foto’, ‘No se hacen cambios bajo presión’, ‘Hay que respetar los tiempos’, ‘Hay que cuidar la investidura’, están reñidos con el desorden, la irreverencia o incluso la insolencia y el rechazo a la solemnidad propios del juego democrático”.

(Mañana: “El silencio de Los Pinos, según María Amparo Casar”)

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