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Estamos ante la obra de infraestructura más importante de la época contemporánea, dijo el director del proyecto del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, Manuel Ángel Núñez. Y por lo expuesto ayer será difícil llevarle la contra.

Comencemos por el tema de la tierra. Ayer publiqué aquí que el Frente en Defensa de las Tierra alistaba de nuevo los machetes, bajo la premisa de que el nuevo aeropuerto se edificaría en el mismo lugar del fracasado proyecto de 2001-2002 y ellos no venderían una hectárea. Tuve oportunidad de preguntarle al secretario de Comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza, cómo resolverían la situación. Me respondió con lo mismo que el presidente Peña Nieto expresaría horas más tarde: las 4 mil 600 hectáreas del polígono donde estará el aeropuerto fueron adquiridas ya por el gobierno federal.

Esa compra no anula un eventual conflicto con algunos grupos de Atenco y Texcoco, pero ya no será por las tierras. Por lo demás, el proyecto es muy impresionante: el número de personas que podrán ser transportadas; los 160 mil empleos de inicio, mayoritariamente para trabajadores del oriente del Valle de México; un esquema lógico y creíble de financiamiento; un bello y modernísimo diseño arquitectónico; reforzamiento al doble de los mantos acuíferos; un bosque de 700 hectáreas; las palabras del gobernador Eruviel Ávila: gracias por hacerle justicia al oriente; las de Miguel Ángel Mancera: un triunfo de la cooperación y la coordinación.

En fin. Demasiado bueno para ser cierto. Pero el proyecto arranca muy bien. No recuerdo una puesta en escena parecida.