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Es tan alta la popularidad de Andrés Manuel López Obrador que simplemente no se nota un reclamo social porque México esté haciendo la chamba migratoria de Estados Unidos. No por un asunto de cooperación binacional entre dos países socios, sino por temor a no sufrir represalias comerciales.

Claro, con un presidente como Donald Trump en la Casa Blanca lo más recomendable es la prudencia. Un enfrentamiento no nos llevaría a ningún buen puerto. Puede ser que hoy el único país que esté a la altura de enfrentar una andanada del gobierno republicano de Trump y salir más o menos bien librado es China. El resto del mundo es presa fácil de este bully.

Puede sonar muy digno que el canciller Marcelo Ebrard, quien fue citado en Washington para dar cuenta de lo que México ha hecho en materia migratoria en el famoso examen de los 90 días, diga que nuestro país exige un efectivo control de armas que son traficadas hacia México. Pero lo cierto es que allá simplemente no ha pasado nada con esa firme exigencia mexicana.

Lo que sí pasa es que Donald Trump va y se para en la línea divisoria entre San Diego y Tijuana y autografía el muro fronterizo que tanto presume y que ahí se refuerza.

En la prensa estadounidense hay tímidos reportes de la solicitud mexicana de controlar el tráfico de armas hacia nuestro territorio. Pero hay amplios reportajes, con vistosas fotografías, del muro fronterizo que tanto le interesa a su presidente.

Y ahí está Trump, parado junto al muro repitiendo algo que el gobierno mexicano quisiera ya no escuchar, aun con estos altísimos niveles de popularidad: México paga a 27,000 soldados para que cuiden que los migrantes, que ya están en suelo mexicano, no crucen hacia Estados Unidos.

Y para refrendar que recibe ese servicio del gobierno mexicano, Donald Trump agradece el fantástico trabajo que hace para él, el presidente Andrés Manuel López Obrador.

Pero estamos hablando de este personaje que suele tener acciones mezquinas, por eso no sorprende que el agregado a la felicitación a su homólogo mexicano sea el refrendo de su amenaza de un castigo tarifario.

Están cuidando la frontera, están bajando el porcentaje de cruces ilegales en la línea divisoria porque no quieren ser gravados, festina Trump. Y no duda en advertir que, si México deja de ayudarlos, la aplicación de aranceles estará de vuelta sobre la mesa, para que paguen por el muro.

Pasaron pues los dos exámenes forzosos para México en los que se evaluó su desempeño como patrulla fronteriza de Estados Unidos, el de los 45 y el de los 90 días tras el acuerdo migratorio, se supone que el gobierno de López Obrador los aprobó y con mención honorífica. Sin embargo, la amenaza sigue ahí.

Queda claro que el gobierno mexicano actúa con miedo y que el gobierno de Trump lo percibe. Si México tiene que dedicar sus escasos recursos en materia de seguridad a proteger los intereses fronterizos estadounidenses, siempre parecerá un costo menor a tener que enfrentar la crisis económica y financiera que implicaría la imposición de aranceles a las exportaciones nacionales.

Seguro que, si la administración de López Obrador hubiera sabido las consecuencias de su política populista de inicio de gobierno de decretar la apertura de las fronteras a los migrantes, lo habría hecho de otra manera. ¿O no?