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La irrupción de los movimientos antisistema en el mundo, coronada por los triunfos del brexit y de Trump en dos de las democracias más consolidadas, puso en evidencia el rechazo a un modelo económico y a una clase política incapaces de atender las necesidades de amplios sectores de la sociedad.

Aunque las causas del hartazgo social son múltiples, en el centro está la percepción de que el sistema solo favorece a unos cuantos. Y esta impresión no es fácil de cambiar. Según una encuesta reciente de The Washington Post, aun después del triunfo de Trump, 60% de los electores en Estados Unidos asegura que el sistema económico beneficia a los de arriba.

Como escribe Jorge Castañeda en Project Syndicate, por primera vez en casi un siglo la agenda política de Estados Unidos plantea la necesidad de avanzar hacia un Estado de bienestar en áreas como la salud y la educación. Y ante el populismo de Trump, varios aspirantes demócratas a la candidatura presidencial han adoptado un programa socialdemócrata de corte escandinavo (08/05/2019).

Imposible saber cuánto y cuándo puede avanzar esta agenda. El hecho es que ya está sobre la mesa, en Estados Unidos y en otros países —México incluido—, donde se buscan alternativas a un esquema que no ha funcionado para todos.

A decir de Joseph Stiglitz, el neoliberalismo falló y debe ser sustituido por un capitalismo progresista que reconozca las virtudes de los mercados, pero también sus limitaciones y el papel del Estado. El “materialismo amoral” de los últimos 40 años debe ser reemplazado, según el Nobel de Economía, por un nuevo contrato social que a todos garantice salud, educación, retiro, vivienda y trabajo con salario digno.

El reto no solo es político; implica vencer intereses creados y resistencias poderosas. También se requiere transformar la energía social en nuevas capacidades institucionales y en políticas públicas bien calibradas y mejor implementadas. Sin ello, la voluntad de cambio podrá ser disruptiva, pero no será capaz de superar el modelo que pretende desterrar.

Matar al neoliberalismo es la tarea fácil. Lo difícil es construir una alternativa más incluyente sin que la economía colapse en el intento.