Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

División, confrontación y engaño, la nueva estrategia de Trump

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Gregorio MerazEE.UU.

En solo cuatro años, el presidente Donald Trump -apoyado por republicanos radicales destruyó décadas de trascendental trabajo bipartidista, que hicieron de esta superpotencia, el mejor experimento de democracia, justicia y legalidad

Aterrorizado por lo que se perfila a ser una aplastante derrota el 3 de noviembre próximo que, en lugar de reelección, lo podría sacar de la Casa Blanca y obligarlo a comparecer ante la justicia por cargos criminales pendientes, el presidente Donald Trump recurre desesperado a cuanto recurso puede para generar un ambiente de confusión e incertidumbre.

Desde ahora está anticipando “una elección sucia y manipulada”, sugiriendo la posibilidad de negarse a reconocer los resultados, hasta apoyar públicamente a “QAnon”, un grupo considerado por el FBI como “potencial promotor de terrorismo doméstico y de teorías de la conspiración”.

QAnon, creado hace 3 años por Timothy Charles Holmseth quien se dice “cabeza de la Fuerza de Tarea del Pentágono contra la pedofilia” (que no existe), tomó la letra Q, (usada por el Depto. de Energía para marcar documentos clasificados) y Anon, en referencia a “anónimo” o “pseudónimo”- promueve teorías sin fundamento, para reclutar a seguidores de Trump.

En estos meses han surgido otras versiones del grupo, que se hacen llamar “FBI Anon”, “CIA Anon” “Pentagon Anon”, quienes difundieron un video en el que aseguraban que Hillary Clinton y su asistente Humma Abedin, se comían el cerebro de los niños para mantener su poder político.

El grupo asegura que “Trump fue reclutado para la presidencia por militares”, a fin de confrontar y romper el “círculo secreto de poder que controla al mundo” y que los constantes ataques al presidente en los medios de comunicación e investigaciones judiciales, “son parte de la resistencia de ese círculo secreto de poder” y que tienen adeptos no solo en Estados Unidos, sino en Canadá, Reino Unido, Alemania y otros países.

Sin fuente ni evidencia alguna, acusan a celebridades de Hollywood, políticos demócratas, empresarios y banqueros, de abusar sexualmente y torturar a niños “para alimentarse de adrenocromo”, substancia que, de acuerdo a QAnon, “les permite conservar su poder”.

También los acusan de “practicar actos satánicos y manejar una red de tráfico y prostitución de niños, usados también para fines ceremoniales o para antropofagia”.

La infusión de esas enfermizas y descabelladas ideas, a través de redes sociales, -de las que ya han cerrado miles de cuentas-, ha provocado una oleada de respuestas violentas, de acuerdo a un reporte del FBI que alertó sobre su potencial de desencadenar ataques de terrorismo doméstico.

Sin embargo, hundido en la desesperación por su desplome en las encuestas, fallos judiciales en su contra, la captura de Stephen Bannon, su amigo y ex-director de Planeación de la Casa Blanca, el presidente Trump, quien se autodenomina como nacionalista, ha difundido el mensaje de QAnon en al menos 185 ocasiones en su cuenta de Twitter y recibió en la Casa Blanca a Michael Lebron y a Bill Mitchel, dos promotores de las teorías de QAnon.

Trump incluso ha llegado a decir que “aprecia el apoyo de esa gente por que ama nuestro país y lo apoya”.

Mike Rogers, republicano, ex presidente del Comité Selecto de Inteligencia del Senado, urgió al presidente a condenar a QAnon en lugar de glorificar sus ideas, por el riesgo de que, quienes ya ocupan posiciones de poder en esa organización, sientan que el mandatario alienta “las ideas de Qanon y actúen en consecuencia”.

La desesperación del presidente crece tanto como su impotencia. Cada vez es más evidente el fracaso en el manejo de la crisis de salud pública que generó el coronavirus; fallos judiciales federales que exigen la presentación de sus declaraciones de impuestos antes de la elección; el fraude sobre la construcción de la malla fronteriza, que ocasionó la detención de Stephen Bannon, su ex director de Planeación; la posible detención de Erik Prince, hermano de la secretaria de Educación; Kris Kobach ex Zar de Inmigración de Trump, entre otros, se han traducido en una dramática baja de sus niveles de aprobación.

En los últimos meses, la ventaja de Joe Biden, su opositor demócrata aumentó 11 puntos por la incontenible propagación de Covid19 en los estados de Texas, California, Arizona, Georgia y Florida, a los que Trump presionó para abrir sus economías sin medidas de protección y hasta condicionó la ayuda federal a aquellos distritos que no regresaran a clases.

En solo cuatro años, el presidente Donald Trump -apoyado por republicanos radicales destruyó décadas de trascendental trabajo bipartidista, que hicieron de esta superpotencia, el mejor experimento de democracia, justicia y legalidad.

La historia de 244 años de avance e innovación de esta nación, bajo la gestión de presidentes con gran visión, inteligentes, educados, respetuosos de la Constitución, (salvo contadas excepciones) guiados por valores morales y por expertos, promulgaron leyes que llevaron a Estados Unidos a convertirse en líder mundial de las libertades, democracia, derechos humanos y civiles, laborales, de género, protección ambiental, defensa y seguridad, cooperación económica y la lucha contra la opresión, pobreza, hambre, enfermedades, que mandatarios republicanos y demócratas, habían mantenido hasta la llegada de Donald J. Trump.

La diferencia que su gestión marca, es abismal.

Con un tsunami de órdenes ejecutivas Trump revocó históricos avances, revirtió derechos alcanzados por minorías de color, de origen nacional, religión o de género; arrancó la seguridad de atención médica a 50 millones de trabajadores, anuló leyes y reglamentos que controlaban la operación de bancos y otras instituciones, eliminando garantías que impedían abusos al consumidor.

Atacó y destruyó la verdad, sustituyéndola por la mentira; la honestidad por la deshonestidad, el respeto a la Constitución, por interpretaciones arbitrarias.

Desde el primer día, violó la Cláusula 8 de la Constitución que impide a los presidentes contratar a sus propias empresas y lucrar ilegalmente con su cargo, como ahora hace toda su familia.

Hizo un gabinete de personas sin experiencia y fácil de manipular y ha despedido a experimentados diplomáticos y militares de carrera que decidieron denunciar sus abusos.

Adjudicándose el crédito de la pujante economía que heredó de su antecesor Barack Obama, sedujo a incautos y mal informados que creyeron sus historias de “exitoso empresario millonario” que contrastan con sus pérdidas multimillonarias y generan dudas sobre el origen de su dinero, que podría estar oculto en sus declaraciones de impuestos que mantiene secretas, usando todo el poder de la presidencia.

Arbitrariamente bloqueó la investigación contra su Comité de Campaña por los frecuentes contactos con Rusia, de sus repetidas llamadas telefónicas y encuentros con Vladimir Putin, enterró el Reporte Mueller y trata de apagar el quinto reporte bipartidista, en el que el Comité de Inteligencia del Senado destaca que “la interferencia Rusa en la elección presidencial de 2016 no son fake news (noticias falsas) ni engaño -como dicen el presidente y sus aliados- sino que fue real, extenso y continúa en nuestros días.

Poco a poco sus fracasos se han acumulado y le empiezan a pesar. Por eso Trump busca su reelección mediante una estrategia de división y tensión racial, y de confrontación de grupos fuertemente armados de “nacionalistas” y “supremacistas” blancos contra las organizaciones de afroamericanos que luchan contra la brutalidad policíaca, y que quiso reprimir usando a las fuerzas armadas.

“La única forma en que perderemos la elección, es en una elección manipulada” dijo Trump, anticipando que no está dispuesto a abandonar el poder a pesar del resultado que todo parece indicar, será una aplastante derrota para él y los republicanos, lo que podría desencadenar -advierten algunos- una segunda guerra civil, si no interviene el gabinete de Seguridad Nacional y el Congreso, para evitarlo.

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