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Este era el escenario: un acuerdo comercial recién negociado, un presidente estadounidense demócrata que acababa de ganar la elección a un republicano que no había conseguido quedarse en el cargo y un muy mal manejo financiero en México que desató una crisis económica histórica.

Esto que puede parecerse a un pasaje del 2021 en la relación bilateral México-Estados Unidos fue lo que sucedió en 1995.

En ese año, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) tenía muy poco tiempo vigente, Bill Clinton recién había arrebatado la presidencia a George Bush y el mal manejo de los indicadores financieros durante el último año de gobierno de Carlos Salinas sembró las bases de una crisis financiera que acabó por desatar la inexperiencia del equipo de Ernesto Zedillo.

América del Norte está de estreno con el reemplazo del viejo acuerdo comercial, ahora le decimos T-MEC, estamos a tres semanas de que Donald Trump pudiera no repetir en la presidencia y dejar el cargo en manos de un demócrata. Y, ciertamente, México enfrenta una crisis económica que podría complicarse si los fundamentales macroeconómicos no se cuidan.

Donde más impacto tiene esta coincidencia es en la relación de un nuevo gobierno estadounidense con sus contrapartes mexicanos.

En los 90, Salinas presumía una amistad con George Bush padre. La apuesta de los priistas de entonces fue a la reelección del republicano. Ahora, 26 años después, un priista de entonces que hoy gobierna México presume una amistad con el republicano Donald Trump.

Cuando Bill Clinton llegó al poder le puso condiciones a México para mantener el TLCAN que Salinas tuvo que aceptar. Si Joe Biden gana el 3 de noviembre, no hay que descartar que aun antes de tomar posesión en enero del 2021, querrá tener más razones de las decisiones que toma el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, muchas de las cuales han afectado intereses de las empresas estadounidenses.

Y lo que debemos recordar con más claridad es que en aquellos años 90 el priismo dejó que la economía se descompusiera hasta niveles que fueron insostenibles. La impericia para manejar una devaluación derivó en la peor crisis del sistema financiero en la historia moderna.

El recién llegado presidente estadounidense Clinton optó por no dejar a la deriva a su socio del sur, porque esto hubiera implicado una crisis social en su frontera. Así que no tuvo más remedio que rescatar a México a cambio de imponer condiciones muy severas.

Hoy, los demócratas han evitado hacer referencias al estilo de gobernar, con tintes populistas de la 4T, pero tienen muy claro que un desequilibrio fiscal, que implique turbulencias financieras en México, es un riesgo de seguridad nacional para Estados Unidos.

Trump es un presidente grosero y estridente, pero no le pide cuentas al gobierno mexicano sobre aquellas decisiones que han afectado intereses estadounidenses. Por ejemplo, en materia energética debería haber reclamos importantes que, al menos no se hacen públicos.

Un gobierno demócrata puede ser más exigente con este gobierno mexicano, sobre todo porque no olvidarán que López Obrador, igual que Salinas de Gortari, le apostaron todo al candidato republicano.