Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

Cuando lleguen el rencor y el olvido

Rafael-Cardona

Rafael CardonaEl Cristalazo

El Señor Presidente ha vivido 67 años de los cuales ha dedicado 68 a la política. Así pues ni Monreal (61) ni Claudia (58) entre los tres aspirantes, pueden ser relevo, pero no relevo generacional

Yo sólo recuerdo otra ocasión como ésta.

Fue en noviembre del año 2016.

En el umbral del tiempo electoral y ante la posibilidad de otra nueva derrota, Andrés Manuel López Obrador, en un arranque de anuncio, dispuso entre sus hijos no solo el futuro reparto de su hacienda, sino el solariego rumbo de su propio destino.

“…En fin, si desgraciadamente nos va mal en el 18, seguiré sembrando plantas e ideas hasta que fallezca, pero no volvería nunca más a ser candidato a nada. Diría: quise ser como Juárez, Madero y Lázaro Cárdenas, y no pude o no supe hacerlo. Mientras viva, no dejaré de luchar por la justicia y por la auténtica democracia, pero me retiraré del protagonismo político para así, con humildad y arrogancia, al mismo tiempo, poder decir a mis adversarios y a quien quiera oírlo, “ya ven, no soy un ambicioso vulgar”.

“Sólo me importa estar bien conmigo mismo, con mi conciencia, con el prójimo, con la nación y con la historia.”

¡Ay!, la historia, esa novia tan pretendida y tan esquiva.

Ahora, en la plenitud de un poder ilimitado, cuya dimensión puede avanzar o atrasar los relojes y hacer más lenta o veloz la salida del sol y el paso de las nubes; hoy, cuando no se mueven ni la rama ni la hoja del árbol sin su orden o su voluntad y a su ademán al nopal le brotan tunas y los peces se libran de las redes de los pescadores o sucumbe el cardumen o se duermen los tigres en el zoológico, el Señor Presidente nos vuelve a hablar de su premeditado camino a “La chingada” chiapaneca, su solar, su refugio, su rincón en el mundo donde viven sus plátanos y sus ceibas, muy cerca de donde Pakal alzó la pirámide más hermosa del mundo maya, conectada con el cielo y el inframundo a través de un sicoducto de piedra por el cual viajan las alma de los muertos. Ahí mismo.

“…Estoy contento porque ya hay relevo generacional, si el pueblo lo decide y el creador lo permite, yo estoy hasta el 24. Ahí sí, a Palenque, pero jubilar es no volver a participar en nada, no opinar. Estoy haciendo un trabajo me estoy preparando psicológicamente para eso, ya tomé la decisión de alejarme por completo, voy a escribir. Tengo un libro pendiente del pensamiento conservador en México…”

–¿Relevo generacional? ¿Qué significa eso?

Pues en verdad no significa nada más allá de un espejismo más, una muleta, una pantalla.

Es otro recurso para entretener a los ociosos, una habilidosa manera de poner un falso tema sobre la mesa –una nueva manera de jugar con el “tapadismo”– para distraernos de otros problemas; de asuntos reales, de muertes y epidemias; crisis económica, alzas de la gasolina, empleos chorreados por el caño, aeropuertos colgados de las nubes, pleitos contra jueces y auditores, refracción a la crítica, intolerancia suprema, desprecio por los observadores políticos y todo ese conjunto de la indomable personalidad del gran líder…

Las generaciones, comprendido este término como el conjunto de los coetáneos (quienes tienen aproximadamente la misma edad y actúan socialmente en conjunto) se renuevan –poblacionalmente—cada quince o 20 años, según dice el “Pew Research Center”.

Si la satisfactoria sucesión en la Cuarta Transformación tuviera ya un “relevo generacional” (¿sería nuestra generación del 18?), como dice el Señor Presidente, quien lo suceda debería tener – si se insiste en la ronda generacional–, digamos, quince años menos.

Su sucesor habría nacido cuando él ya “macaneaba” un palo de beisbol en el polvoriento diamante de Macuspana.

Y si analizamos con esta regla a los posibles sucesores, pues entonces Marcelo Ebrard ya se fue a Palenque. Y también Monreal y lo mismo Claudia Sheimbaum.

El secretario de Relaciones Exteriores, a quien el sobrepeso y la capilaridad menguante no le ayudan para lograr apariencia juvenil tiene 61 años de edad. Apenas seis menos de los vividos por su jefe. No es otra generación. Son –en términos generales– coetáneos. O al menos contemporáneos.

El Señor Presidente ha vivido 67 años de los cuales ha dedicado 68 a la política. Así pues ni Monreal (61) ni Claudia (58) entre los tres aspirantes, pueden ser relevo, pero no relevo generacional.

Monreal tiene la apariencia de un hombre sano de su edad y la señora Sheimbaum no parece de 58 años. Parece de 57. Esta muy bien conservada.

Así pues la clarinada del “neotapadismo” no es sino una forma elegante de mover el avispero y los rumores. Poner a prueba las ansias de sus colaboradores, mantenerlos a raya, jugarles el atole con el dedo y darse tiempo para observar sus reacciones.

Pero por ahora eso no tiene verdadera importancia en el Palacio Nacional. Quien disfruta la película no está esperando el final.

Quienes hemos vivido de cerca el proceso de la sucesión presidencial sabemos cómo la decisión se cuida a lo largo de los últimos años del mandato y tiene como propósito principal prolongar la obra; lograr influencia y disfrutar la protección del elegido, cosa por lo general imposible. Y aquí apenas vamos a llegar a la mitad.

Quien asume al poder tiene como obligación primera triturar la obra, la imagen, el legado y la persona del antecesor mientras éste observa el fracaso del proyecto extensivo hecho a su imagen y semejanza y el triunfo de la ingratitud.

La paciencia y las humillaciones del subordinado solamente se olvidan o diluyen cuando las vueltas de la vida lo llevan al poder y puede entonces decir, se acabó. Ahora mando yo.

Nunca fueron iguales Porfirio Díaz y Don Porfirio.

Después vienen las traiciones, la ingratitud y el prometéico trabajo de destruir al padre, como hizo el propio Andrés Manuel con quienes lo ayudaron y lo formaron empezando por Cuauhtémoc Cárdenas.

Y en cuanto al futuro y la distancia, la anunciada lejanía del poder y la influencia; el silencio como si fuera una máscara maya y no —como “El Tata”– una esfinge michoacana, durará muy poco tiempo, porque pronto alguno de sus escribanos de siempre nos sorprenderá con una entrevista de estrépìto, en la cual “Andrés Manuel romperá el silencio, como suelen hacer todos los nostálgicos del poder y confirman la frase de Zweig sobre el Gran Corso: “…el caráceter de Napoleón no nos permite esperar que permanezca indiferente al Poder…”, aunque claro, este hombre no sea como Napoleón.

¿Cómo podrán ser los imaginarios años del futuro en la siembra de matas y la escritura de un libro cuyo tema (el pensamiento de los conservadores ) no le importa a nadie?

Penosos, sin duda.

Aburridos, tristes sin el clamor de las masas, sin banderas ni siervos despiertos 24 horas diarias; guardado en un mundo sin aplausos, con la punzante añoranza de los halagos y las lisonjas.

Hundido en la “paz de estos desiertos” (Quevedo), abrumado por la gritería de guacamayas y saraguatos y como los toreros, siempre con el ruedo en la mente, quizá retratado en estas líneas de Gabriel García Márquez:

“…y el jueves menos pensado le poníamos a uno las condecoraciones prendidas con alfileres en la última camisa, envolvíamos el cuerpo en su bandera, le cantábamos su himno nacional y lo mandábamos a gobernar olvidos en el fondo de los cantiles sin más lastre que el de su propio corazón erosionado y sin dejar más vacíos en el mundo que una silla de balneario en la terraza sin horizontes donde nos sentábamos a jugarnos las cosas del muerto, si es que algo dejaban, mi general, imagínese, qué vida de civiles después de tanta gloria…

“…aproveche ahora para verle la cara a la verdad mi general, para que sepa que nadie le ha dicho nunca lo que piensa de veras sino que todos le dicen lo que saben que usted quiere oír mientras le hacen reverencias por delante y le hacen pistola por detrás, agradezca siquiera la casualidad de que yo soy el hombre que más lástima le tiene en este mundo porque soy el único que me parezco a usted…”

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