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El Indicador de Confianza del Consumidor (ICC), que elaboran de manera conjunta el Inegi y el Banco de México, parece más un índice de popularidad política que un termómetro de autoevaluación del consumo en la familia.

Por ejemplo, durante el 2017, cuando la economía mexicana crecía arriba de 2%, cuando se registraban ante el IMSS más de 800,000 nuevos empleos, la confianza del consumidor caía en picada.

Todo tuvo que ver con dos aspectos políticos sucedidos ese año: el primero, la torpeza con la que el gobierno de Enrique Peña Nieto había operado la liberación de los precios de las gasolinas y, el segundo, el uso político que le dio López Obrador a este hecho y cómo enardeció a la opinión pública en contra del gobierno.

Lo llamaron “gasolinazo” y prendió la pradera social. Sin embargo, solo contribuyó con 1.24 puntos porcentuales de la inflación general total del 2017, pero vaya que ayudó a desanimar a los electores, que, a su vez, son consumidores.

Llegó López Obrador al poder, provocó una recesión durante su primer año de gobierno, causó un desabasto no visto antes de gasolinas en el país, pero el ICC se disparó a niveles muy altos sin ninguna razón económica para ello.

Así, mientras la economía mexicana se degradaba, con una primera recesión, para llegar a los niveles de estancamiento de los que no hemos podido salir hasta ahora, los consumidores se declaraban felices de verlo en el poder.

La confianza del consumidor en esos niveles altos, de 48.5 puntos en febrero del 2019, no fueron un logro económico, sino político de López Obrador.

Pero el punto de éxtasis de los consumidores/electores se logró en octubre del 2024, al inicio del gobierno de Claudia Sheinbaum con 49.4 puntos, rozando el umbral del optimismo de los 50 puntos.

Ya con dos recesiones, con la economía con crecimiento acumulado inferior a 1%, con altas tasas de desempleo, con alta inflación y altas tasas de interés; con la advertencia de una crisis fiscal por el derroche del gasto público, la realidad se abre paso entre la propaganda.

El más reciente dato del ICC, del pasado mes de enero, muestra una caída anual de 2.7 puntos, que son muchos puntos, hasta un registro de 44 puntos, una dramática caída que tiene reflejo también en los niveles de aceptación y popularidad política, por más que las encuestas aceitadas desde Palacio juren lo contrario.

Hay indicadores de esta encuesta como la “Situación económica del país esperada dentro de 12 meses, respecto a la actual”, que presenta una caída anual de 6.5, que es un golpe de realidad ante la situación económica actual.

La caída de enero es algo más que un dato estadístico, es el crujido de una narrativa que empieza a ceder ante la realidad. Es el dato que resulta de la confrontación del optimismo por decreto con el crecimiento estancado, con la parálisis del gasto público obligado por el desorden fiscal, y por la angustia de los consumidores que no encuentran trabajo y ven mermado su poder de compra con la inflación.

La propaganda seduce, pero, al final, el bolsillo es el que manda.

La “Situación económica del país esperada dentro de 12 meses, respecto a la actual”, presentó una caída anual de 6.5, que es un golpe de realidad ante la situación económica actual.