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La presencia militar en Venezuela vino de Moscú, no de Washington, como temían las buenas conciencias que, por cierto, callan ante la llegada de militares rusos a Caracas. Quizá porque es más fácil escribir “yanquis go home” que “Россияне идут домой ”

Rusia tiene además baterías antiaéreas S-300 en los alrededores de Caracas. Vamos: la crisis eléctrica evidencia la ingobernabilidad del dictador venezolano, pero él abre el país a militares extranjeros.

Una postura que sintetiza la ignorancia escandalosa de los actuales gobernantes populistas: exacerba la tensión justo cuando cierra la embajada de Washington, y parte de la oposición ve en una invasión estadounidense la única manera para que él deje de usurpar el poder.

El mensaje, tanto del dictador, como de algunos opositores, es disparatado: que la crisis política, de derechos humanos, institucional, económica y social no se puede solucionar con un movimiento cívico venezolano.

Hay que insistir en que si el sátrapa tanto cae como permanece, gracias a Estados Unidos o Rusia, ello tendría graves consecuencias para las generaciones futuras de Venezuela, además de que atentaría contra la paz y seguridad del hemisferio.

Incluso, la OEA consideró que las tropas rusas son un acto lesivo para la soberanía venezolana y es inadmisible que un gobierno extranjero tenga programas de cooperación militar con un régimen usurpador, declarado ilegítimo por resoluciones y derecho interamericano.

Aunque los rusos han tenido suerte histórica con el sector de la izquierda latinoamericana que, tras la caída del Muro de Berlín, migró al populismo como vía para llegar al poder usando los mecanismos de la democracia, para desmontarlos y reelegir a sus líderes.

Más bien, hoy, la mayoría de esos gobiernos populistas son aliados de Rusia, cuyo sistema político es lo más alejado de una democracia, con un dictador que se reelige para encabezar un régimen policiaco y corrupto, que tiene por fin enriquecer a la clase gobernante.

Nunca, en tres décadas de presencia en Cuba, los rusos (hasta 1991, “soviéticos”, en el lenguaje oficial; “bolos” en el lenguaje coloquial), se leyó en las copiosas marchas estudiantiles de Latinoamérica: “Россияне идут домой”.

Salvo en la propia Cuba, cuando el 28 de octubre de 1962, salían a la calle al grito de “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”, después de que el dictador soviético retirase de San Cristóbal los cohetes nucleares que había instalado en ese poblado de Pinar del Río.

Pero en Latinoamérica siempre fue más fácil gritar “yanquis go home” y después rogar para recibir la visa americana.

Ah, nuestra izquierda exquisita.