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Pese a que el presidente López Obrador descalificó en diciembre la prueba PISA por suponerla “neoliberal”, el 7 de mayo pareció rectificar al prometer que México participaría en la de 2024.

¿Mintió?

Si no, a la Secretaría de Educación le importa poco deshonrar la palabra presidencial: sigue sin mover un dedo ante los llamados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, que coordina la prueba en casi un centenar de países (solo 34 son miembros. A los demás les interesa, y mucho, invertir también en la medición de conocimientos escolares básicos).

Aunque la preparación de la prueba se lleva más o menos cinco meses, quedan solo siete semanas para que México dé los pasos necesarios y participe en la PISA del año próximo: el ciclo escolar termina el 16 de julio, y es impensable que a los alumnos se les haga regresar a las aulas para contestar un cuestionario elemental sobre matemáticas, comprensión de lectura y ciencia, temas en que los resultados de 2022 fueron de vergüenza.

En abril pasado Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias de la OCDE, alertó:

“La participación de México en la próxima ronda PISA está en riesgo, ya que tengo entendido que los preparativos necesarios para implementar el estudio se han suspendido”, dijo el funcionario.

Ante la falta de una explicación oficial, infiero que lo que se impuso es un engaño a varias voces, en el que se asoman defectos característicos de la 4T: sectarismo y pichicatería.

Léase cómo piensa el inexplicable titular de Materiales Educativos de la SEP, Marx Arriaga:

“Tal vez ahora sí pese más el comentario de nuestro Presidente que el contrato de 70 millones por dicha prueba, aunque apuesto a que seguirá el desfile de asesores de la OCDE en la SEP. Las raíces neoliberales en educación son profundas y retorcidas”, escribió en X el 6 de diciembre.

(Este sujeto es el mismo que reprueba la lectura por placer)

Las palabras a que se refiere son del día anterior, cuando AMLO dijo en la mañanera:

“Esas pruebas son parte de lo mismo. Es como si yo tomara en cuenta una opinión del Fondo Monetario Internacional (…). Todos esos parámetros se crearon en la época del predominio del periodo neoliberal…”.

A su vez, la SEP soltó la babosada de que para la prueba PISA “no consideran las condiciones reales en las que se desarrolla el trabajo docente, así como los procesos situados (sic) de la enseñanza y los aprendizajes en las aulas de los distintos países”.

Ignorancia supina: las preguntas de la PISA son elementales y comprensibles (como que cuatro es 50 por ciento de ocho) lo mismo para una niña de la Sierra Tarahumara que de la Huasteca, de Mérida, Tampico, Buenos Aires o Milán.

¿Qué hizo decir al Presidente hace apenas tres semanas: “Participamos sin ningún problema. Todo lo que tenga que ver con la educación, se apoya. Estamos viendo eso de que hablan de que no vamos a participar, pero sí la aceptamos, estamos abiertos a todas las evaluaciones”?

¿Ajá? Pues reculó…