La 4T, de espaldas al pueblo cubano

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Carlos MarínEl asalto a la razón

Con su país crónica y sucesivamente dependiente de España, Estados Unidos, la (extinta) Unión Soviética y la “bolivariana” Venezuela chavista-madurista, el inexplicable “invitado especial” se refirió al “proceso independentista mexicano” sin confesar que de lo mismo no puede ufanarse Cuba

Deplorable: en el año 200 de la consumación de la Independencia, en la ceremonia previa al desfile por el aniversario 211 del inicio de la gesta, al presidente de Cuba no solo se le distinguió como invitado especial, sino se le permitió perorar con absoluta desvergüenza, como si sus gobernados vivieran, al igual que nosotros, en un país emancipado y no sujeto a una tiranía.

Oportunista, Miguel Díaz-Canel aprovechó los rencorosos y tardíos azuzamientos antiespañoles y filomexicas de la 4T para elogiar la bella “tierra que habitaban los aztecas valientes” (según alguno de sus paisanos), “abriendo una fascinante puerta a ese mundo nuestro, muy anterior al de la terrible conquista que iniciaron siglos después, con matanza y destrucción sin freno, las tropas españolas…”, omitiendo que éstas no sumaron más de mil aventureros reclutados por Cortés, apoyados por alrededor de 100 mil indígenas de otras naciones locales que ya no soportaban el férreo y sanguinario imperialismo tenochca y que fueron los decisivos autores materiales de la conquista.

Con su país crónica y sucesivamente dependiente de España, Estados Unidos, la (extinta) Unión Soviética y la “bolivariana” Venezuela chavista-madurista, el inexplicable “invitado especial” se refirió al “proceso independentista mexicano” sin confesar que de lo mismo no puede ufanarse Cuba.

“No olvidaremos nunca que, gracias, al apoyo de muchos amigos mexicanos, zarpó el yate Granma de Tuxpan, Veracruz, el 25 de noviembre de 1956”, dijo sin mentir. Uno de aquellos fue determinante: el capitán retirado del Ejército Fernando Gutiérrez Barrios (a quien Fidel Castro vivió siempre agradecido) quien, siendo policía en la siniestra y desaparecida Dirección Federal de Seguridad, simpatizó con los revolucionarios asilados que planearon el derrocamiento de Fulgencio Batista y, pudiendo evitarlo, les permitió partir.

“Tampoco olvidamos que, a solo unos meses del histórico triunfo de la revolución, en 1959, nos visitó el general Lázaro Cárdenas”, recordó Díaz-Canel, sin aclarar que de quien hablaba, a diferencia de Castro, se aseguró de que México pagara a las empresas extranjeras por la expropiación petrolera (y la población contribuyó hasta con joyitas y gallinas).

Como era de esperarse, insistió en el falaz “bloqueo criminal” a Cuba (en realidad embargo comercial porque jamás fueron indemnizadas las industrias incautadas), ocultando que buena parte de los alimentos que se consumen en su país (granos y pollo principalmente, así como productos electrodomésticos) provienen de Estados Unidos, mediante un explicable y riguroso pago en efectivo.

Disparate sin precedente (jamás un mandamás extranjero había echado rollo el 16 de septiembre), la distinción a Díaz-Canel (en julio dio la “orden de combate” contra sus opositores) es un ominoso espaldarazo al régimen que encarcela lo mismo a sus adversarios que a quienes tienen la osadía de comerciar con sus vecinos un trozo de vaca, una triste gallina o un pinche manojito de verduras…

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