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Hubo un país en el que los miembros del partido republicano defendían la ley y el orden, el libre mercado y el libre comercio, los bajos impuestos, el gobierno pequeño hacia adentro e imperial hacia fuera, y los valores de la familia tradicional.

Los demócratas en cambio defendían a los sindicatos y a la economía local contra la competencia comercial, querían altos impuestos para extender los derechos sociales, querían salirse de la guerra de Vietnam y de todas las otras, y tenían una agenda de liberalización de la moral social, que llegó a su cumbre histórica en la lucha por los derechos civiles de los años sesenta.

En los ochenta, la abrumadora hegemonía reaganiana volvió el credo republicano el nuevo centro ideológico de la política estadunidense. Nadie que quisiera el poder podía dejar ser reaganiano. Bill Clinton lo fue y su presidencia inauguró un nuevo piso colaboración entre los dos partidos, el piso construido por los demócratas al correrse a la derecha, y asumir los valores republicanos al menos en tres órdenes: el libre comercio, la desregulación financiera y política exterior de gran potencia.

Donald Trump dinamitó con su irrupción ese piso común y creó una profunda crisis de identidad en el Partido Republicano.

Pero la crisis de identidad demócrata, aunque menos visible, es igualmente profunda. Puede resumirse en un gran cambio: ha dejado de ser el partido de la clase trabajadora y ha sido cooptado por una élite hipereducada cuya miopía en la toma de decisiones es responsable en gran medida de la rabia social que impulsa la candidatura de Trump.

Esta es al menos la estimulante, polémica, punzante versión de un demócrata radical, notable polemista y comentócrata, Frank Thomas, cuyas opiniones he glosado estos días.

Dice Thomas:

“Los demócratas dicen ser el partido del pueblo. Pero se han vuelto en realidad el partido de la ‘clase profesional’, esa gente con altos grados académicos… liberal en todo, menos en materia de trabajo y de economía. Sus actitudes hacia la clase trabajadora, son de un enorme desdén”.

Sigue:

“La gran pregunta es por qué, con el maravilloso presidente liberal de izquierda que es Obama, la desigualdad ha seguido creciendo. ¿Por qué las ganancias de la recuperación han sido monopolizadas por el diez por ciento superior del ingreso?” (http://bit.ly/1pHosb0).

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