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Hasta antes de la decisión del presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, de cancelar la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, parecía tener la mesa puesta para tener un ambiente financiero estable que le permitiera aplicar lo que llama la cuarta transformación.

Pero en el momento en que quedó demostrado que la 4T pasa por el rompimiento autoritario, los mercados financieros dieron por terminada la luna de miel, la tersa transición, y se pusieron en alerta.

Y como remate, llegan los de la aplastante mayoría de Morena a alterar más el orden financiero con su iniciativa de acabar con las comisiones bancarias.

Nada ganan los operadores del peso mexicano en el mercado de Chicago, o un manejador de fondos en Berlín con querer dinamitar la futura Presidencia de López Obrador, no les importa. Su interés está en mantener el máximo rendimiento con el menor riesgo posible.

Acciones como la cancelación del aeropuerto o la pretendida imposición de controles al mercado bancario no hacen sino regresar a México a la lista de los países financieramente peligrosos, lleva a las calificadoras a advertir a sus clientes de lo riesgoso que se está poniendo este país.

El cruce de la línea entre el discurso de campaña y las acciones de gobierno dejó en claro que se puede someter al mismo destino del aeropuerto a la reforma energética y a otras actividades productivas hoy en manos de la Iniciativa Privada. Y que se puede hacer desde el Ejecutivo y el Legislativo sin miramientos.

Y no es un asunto de derechas o de izquierdas, aunque claramente los modelos socialistas se han cansado de demostrar su ineficacia en el mundo entero. Aquellos populistas promotores del capital privado también tienen sus grandes peligros.

Estados Unidos y su Donald Trump son un caso no equiparable con México por razones obvias, pero es un hecho que cuando su plan de relajación de impuestos pase la factura a su balance fiscal, también nos tocará pagar una parte.

Brasil es hoy otro país que optó por la vía extrema, pero con un personaje que tira hacia la derecha. Los brasileños ya tuvieron sus dosis de populismo de izquierda y terminó con el héroe Lula en la cárcel y el país en crisis.

Aparentemente para los mercados financieros el presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, será un gran aliado de la participación privada. La moneda brasileña, el real, recibió su elección con una apreciación y el precio de las acciones bursátiles con alzas.

Es muy probable que en el momento en que los capitales decidan dirigir sus recursos a algún mercado emergente latinoamericano vean con mejores ojos a Brasil que a México.

Pero el país sudamericano no está exento de riesgos con esta nueva ubicación en la extrema derecha.

Bolsonaro tiene la mirada fija en estilo Donald Trump y desprecia lo hecho por sus antecesores, que incluye una amplia participación de China en su economía. Solo que no se le puede decir simplemente “gracias” a los chinos sin pagar las facturas pendientes. Ahí hay una crisis potencial.

Lo que sigue para los brasileños es saber si su presidente puede conservar esa estridencia declarativa y que haga cambios políticos que se noten, pero sin meterse con la economía.

Si Jair Bolsonaro logra ser un pragmático de la economía y las finanzas y no se pone a destruir y a hacer consultas amañadas, podrá ganarle a México la batalla en la atracción de capitales.

Pero siempre un populista tiene la tentación de escuchar su propio canto de las sirenas. Ese con el que lograron llegar al poder.

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