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Roberto Alifano es un poeta argentino con quien Borges sostuvo innumerables conversaciones. En un libro publicado en 1981, Borges le habla de dos sacerdotes que ambos conocían, uno de ellos, Jorge Bergoglio. Esto dijo:

“Qué rara y desconcertante suele ser a veces la gente de Dios, Alifano. Hay dos curas que me visitan bastante seguido y nada tienen que ver entre ellos. Uno lo heredé de mi madre, que era muy devota; me refiero al padre Guillermo. Otro es Jorge, un jesuita que es químico. Nos une una gran amistad.

“Guillermo viene casi todas las semanas. No sé cómo sacármelo de encima; insiste en convertirme y no puede admitir que haya un credo agnóstico por el que yo me inclino. ‘Es hora de que termines con tus dudas, Georgie, y creas definitivamente en Dios’ —me sermonea con exagerada confianza—. El domingo te vendré a buscar para ir a misa; luego almorzaremos con los hermanos de mi congregación y, por la tarde, te llevaré a un estadio de fútbol para que compartas la emoción con esa gente.

“Ahora, ¿a usted no le parece extraño que este cura no entienda que yo soy ciego y que por mi falta de fe no tengo ningún interés en ir a misa, ni tampoco en comer con otros colegas de él? Con uno me es suficiente.

“Con el jesuita, que es ingeniero químico y muy buen lector, nos entendemos mejor; él enseña literatura y ha incluido mis textos en sus clases, lo cual me parece un poco exagerado.

“Dejando de lado este detalle, el padre Bergoglio es una persona inteligente y sensata; con él se puede hablar de cualquier tema: de filosofía, de teología, de política.

“Pero hay algo que me alarma un poco; he observado que tiene tantas dudas como yo. Lo cual no sé si está bien en un religioso. Mi madre se hubiera horrorizado de una cosa así.

“Pero quizá no es tan raro si tenemos en cuenta que se trata de un jesuita. Claro, esa gente es históricamente transgresora y hasta tienen sentido del humor, además de manejar conceptos que en algunos casos difieren de las otras congregaciones de la Iglesia”.