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Ahora que el gobernador del Banco de México (Banxico), Agustín Carstens, hizo una referencia a lo importante que es que un banco central sea autónomo y discreto en sus funciones, resulta inevitable hacer la comparación con la mala suerte que padecen otros tomadores de decisiones de política monetaria. Está claro, por ejemplo, que el Banco Central de Venezuela maquilla sus cifras de inflación por instrucciones del gobierno de Nicolás Maduro, ahora que los precios se han disparado a niveles no vistos en esa economía.

Para junio pasado este apéndice monetario del gobierno de Maduro había publicado una inflación mensual de 4.4%, pero no checaba en las matemáticas simples con la tasa anualizada que aceptaban de 62 por ciento. Vamos, ni siquiera se tomaron la molestia de maquillar bien sus cifras.

Ese proceso de negar la realidad está también presente en Argentina, en donde a la crisis de no reconocer las deudas que el gobierno contrajo a través de la emisión de bonos ahora se suma la salida del presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega.

Este banquero siempre fue muy cercano a los Kirchner. Y si duró poco menos de un año en el cargo es porque cometió el error de sus antepasados: pensar que el Banco Central estaba diseñado para contener la inflación y no para complacer los bandazos políticos y hasta ideológicos de la presidenta Fernández.

Fábrega estaba destinado a ser comparsa del político de moda en Argentina, el ministro de Economía Axel Kicillof, quien no titubea en ir en sentido contrario de todos, incluido el sentido común, con tal de aplicar sus políticas de izquierda.

El hoy ex banquero central Fábrega llegó al puesto en lugar de Mercedes Marcó del Pont, quien claramente se inclinaba por un control inflacionario y una disciplina financiera. Ella a su vez fue el relevo de Martín Redrado, quien corrió la misma suerte de ser despedido desde la Casa Rosada.

El nuevo titular del Banco Central de Argentina, Alejandro Vanoli, es un claro impulsor de la estrategia de la dupla Fernández-Kicillof, lo que nos define el papel de acompañamiento que tendrá el Banco Central.

Por eso ahora que Agustín Carstens mantiene el festejo de los 20 años de la autonomía del Banco de México, se vuelven palabras oportunas aquellas de que la autonomía no es un privilegio graciosamente concedido a una institución, sino una salvaguarda para el bienestar social.

El mejor aval de que la autonomía del banco central mexicano funciona no son los pleitos públicos como los que tuvo Guillermo Ortiz con el ex presidente Felipe Calderón y el propio Agustín Carstens. La mejor garantía son sus resultados.

Por ejemplo, el mejor promotor del final de los gasolinazos fue el Banco de México, por el impacto negativo que estos aumentos del triple de la inflación tenían en la formación de precios.

Un banco central verdaderamente autónomo como el que tenemos en México garantiza mucho más la estabilidad que una institución a las órdenes de un poder ejecutivo que sólo busque quedar bien al costo que sea.

Y si en los meses por venir los cambios monetarios en Estados Unidos obligan al Banxico a un apretón monetario, podría no gustar al gobierno que quisiera ver estabilidad previa a las elecciones intermedias. Pero aunque no llegara a gustar al ejecutivo, si la mayoría de la Junta de Gobierno decidiera medidas monetarias preventivas, tendría que apechugar.

Porque para eso es autónomo el Banco de México.