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A través de Netflix es posible ver la serie de televisión documental de contenido social y político titulada Salvados, realizada por el periodista español —catalán— Jordi Évole.

Dos de los programas de la primera temporada fueron dedicados a don José Mujica; el primero de ellos cuando era presidente de la República Oriental del Uruguay. Jordi es un agudo entrevistador, nada complaciente con su entrevistado, como se puede apreciar en las dos temporadas de la serie. Sólo que en el caso de don Pepe es muy difícil no caer en la empatía y marcar una distancia antagónica porque el entrevistado es un personaje de excepción.

Guerrillero tupamaro que se enfrentó a los regímenes antidemocráticos de su país, estuvo en prisión casi 13 años —1972-85, lapso en el que estuvo expuesto a la tortura permanente, “durante siete años y pico no me dejaron leer un solo libro”. Pasó dos años en un húmedo calabozo subterráneo de un metro por dos.

Las entrevistas para el programa que se llama: Mujica, un presidente diferente, se efectuaron en el cuarto año de su quinquenio (2010-2015). Y vaya que don Pepe es diferente, vive de manera sobria con lo necesario e imprescindible, “con poca atadura” económica; sin usar corbata ni el automóvil oficial de la presidencia, se transporta en un Volkswagen —lo que en México llamamos bocho— del año 1988 que él mismo maneja —nunca a más de 80 kilómetros por hora. Tampoco quiso vivir en la residencia oficial uruguaya. Prefirió vivir, sin asistencia alguna, en su modesta casa agrícola en las afueras de Montevideo. ¿No tiene usted cuando menos un ayudante? Pregunta el periodista con extrañeza. No —contesta el presidente: ¿Para qué? Para que me vea ir al baño en calzoncillos a medianoche.

El periodista interrogó: ¿Tiene sentido en el siglo XXI hablar de izquierdas y derechas? Bueno, han existido en la historia humana. Y agrega: yo creo que hay una actitud conservadora permanentemente en el ser humano que es válida. Así como existe una actitud de cambio que viene por el lado de la izquierda buscando lo mejor y la justicia también permanente. Esas dos caras tiene el hombre (la humanidad).

Pero no confundir —continúa don José— lo conservador con lo reaccionario. Lo reaccionario es la patología de lo conservador. Lo reaccionario no es sólo conservar, es ir para atrás en una forma dogmática y cerrada al pensamiento de los otros. Jordi pregunta: ¿Y cuál es la patología de la izquierda? Mujica, no lo piensa mucho y suelta un adjetivo definitivo y definitorio: La patología de la izquierda es el infantilismo. El infantilismo es la confusión permanente de los deseos con la realidad. Y entonces se cae en esas quimeras de plantear “hay que nacionalizar todo esto y todo lo demás” cuando se está muy lejos de poderlo hacer.

Y he aquí que al escuchar lo anterior el redactor de lo que usted lee tuvo una revelación, experimentó una epifanía, al fin comprendió lo que confundía su mente y le originaba preguntas como éstas: ¿Por qué pensar que apelando a un sentimiento filial los delincuentes dejarán de serlo? ¿Por qué tener la certeza de que si el presidente no roba ya se erradicó la corrupción? ¿Por qué hacer una refinería donde al jefe le late y no donde los técnicos juzgan conveniente? ¿Por qué hacer una campaña electoral con la promesa de la venta de un avión que no está totalmente pagado? ¿Por qué tratar de venderlo desconociendo el reducido, por no decir el inexistente, mercado que hay para una aeronave de gran lujo? Ya que no se pudo vender, ¿por qué rifarlo entre la población?

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Después de rifar el avión hay que poner el Castillo de Chapultepec en Airbnb.