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La idea del gobierno de censurar Twitter demuestra que perdió ganando, cuando tan velozmente, controló portadas, teaser y línea editorial de la mayoría de los medios tradicionales.

Perdió ganando, porque ya ni siquiera puede culpar a los medios de sus problemas, salvo algunas notorias excepciones. Si no hubiera maniatado a la mayoría, las críticas en Twitter tendrían un contrapeso en la prensa tradicional.

Por eso hoy está en el peor de los mundos en niveles de libertad de prensa, nivel Corea del Norte, China, Venezuela, Cuba, donde ni siquiera sus seguidores vivirían, por más pasión que tengan por la escatofagia.

Estados Unidos y Canadá, con quienes intercambia 1.2 billones de dólares, no se van a sentir cómodos intercambiando 1.2 billones de dólares con un gobierno que censura Twitter. La Unión Europea tampoco festejará.

La ofensiva contra los medios tradicionales le funcionó tan rápido, porque la mayoría de los dueños de estos los crearon, o compraron, para hacer negocios con el gobierno. Así que bastó con apretarles las clavijas, y ese arroz se coció.

De ocho empresarios que fueron con el presidente a hacer campaña para Trump, cuatro fueron dueños de medios. Y a otros los sientan a negociar con carpetas judiciales sobre la mesa. Pan o palo. Y el pan se acaba rápido.

El empresario de medios, que obtuvo dos concesiones de los reclusorios privados (…) pidió una cita en Palacio Nacional con la intención de “negociar a la baja” sus dos contratos millonarios (…) el representante del presidente espetó sin más: “Está bien, podemos negociar, nada más que en este gobierno negociamos a partir de carpetas. Y ya hay dos carpetas judiciales sobre este tema. A partir de eso, podemos negociar”.

Reveló la semana pasada el columnista de El Universal Salvador García Soto.

Sí, ciertos columnistas y comentaristas se expresan libremente y con contundencia, pero lo que marca opinión y tendencia son las portadas y los teaser, que son masivos. Los artículos y secciones de opinión son básicamente para consumidores de nicho.

Quiere decir que, al quitarle a Twitter la competencia de la prensa clásica (mayormente profesional, con historia y, mucha, con prestigio) ahora el gobierno queda obligado a actuar al más puro estilo norcoreano.

Aunque el golpe en la calidad a los medios tradicionales es notable. Por aquello de las carpetas judiciales, los editores dan prioridad a notas virales de menudencias, o imágenes de gente guapa del espectáculo, para evitar pisar la cola al tigre.

Sin embargo, la dependencia de los dueños ante el poder político hacía más fácil a este controlarlos con ingenio, dejándoles una grieta de libertad que hoy le haría contrapeso a Twitter. Pero la sutileza no el fuerte de este gobierno.

Prefiere la fuerza.