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Les comparto un pasaje de mi novela Fantasma en el balcón (Random, 2021): La casa flotaba en los días luminosos de la ciudad, en la luz cruda de sus mediodías, en las lunas vibrantes de sus noches, mientras los cazadores de la urbe salían a cazar.

No había muchos cazadores ni mucha urbe, solo jóvenes oprimidos por sus sueños, arrojados a la ciudad anónima, rica de esplendores idos y de novedades sin linaje.

La opresión y la infracción sucedían en sordina. Nadie sabía gritar “Me celebro y me canto a mí mismo”, como había cantado Walt Whitman, pero el canto iba por dentro de cada quien, buscando su lugar en los cuerpos que no había, en el coro de los sueños que gritaban en sus pechos desbordados, como el loco de Amarcord: —Voglio una donnaaaa! Lezama leía una biografía del poeta Walt Whitman, en busca del gigante desnudo que sus versos transmitían. Pero en vez del poeta desnudo encontraba al poeta vestido, urdiendo desde su secreter plenitudes imaginarias de un país imaginario.

En la biografía que leía Lezama no había el Whitman de sus versos, ni la América adánica de los versos de Whitman, sino solo un tipo llamado Walt Whitman que había celebrado la guerra con México y se había pasado media vida en hospitales. Lezama estaba herido como un novio novato por aquella disminución.

—El pinche Whitman no es Whitman —le dijo a Gamiochipi la tarde en que estamos, en el balcón de la casa donde conversaban—.

El pinche Whitman es un fiasco. Festejó que nos invadieran los gringos. Gamiochipi era guapo como un dios griego, pero podía ser también sombrío y desviante, como una foto de Nietzsche.

Le respondió a Lezama, muy al caso: —Esta tarde me cojo a Susy Seyde. Lezama dio un salto de sorpresa y se concentró en Gamiochipi. Mejor dicho: en Susy Seyde, quien, sin ser hija de Manhattan ni creerse un cosmos, como el pinche Whitman, se mojaba como un cosmos, carajo, como si un cosmos tocara a la entrada de sus muslos y sus muslos estuvieran listos para abrirse a la mismísima Estatua de la Libertad.