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No hay en el nivel local muchas historias de voto diferenciado: mucha gente que vota por un partido para gobernador y por el partido contrario para diputados federales.

Creo que la lógica del voto local arrastrará a la del voto federal en la elección de junio. Ahí no hay buenas noticias para Morena. Empezó el año con intenciones de voto local muy favorables en 13 o 14 de las 15 gubernaturas en juego. En abril, según un diario de circulación nacional, Morena tenía ventaja en 10 de las 15.

Hoy parecen estar en entredicho al menos dos gubernaturas más: Morena aventaja en ocho de 15. La tragedia de la Estación Olivos fue un azar adverso en el corazón del dominio electoral de Morena: Ciudad de México.

No podemos predecir su impacto en votos, pero el golpe hizo perder 22 puntos de aprobación a la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, y le quitó más piso aún al secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, ex jefe de la ciudad . La popularidad nacional de López Obrador podría contener estas tendencias a la baja del voto local, pues sigue alta, en el orden de 60 por ciento.

No así la popularidad de los logros del gobierno federal. El manejo de la economía no alcanza acuerdos mayores de 30 por ciento y la aprobación de la política de seguridad fue en alguna encuesta de solo 17 por ciento. Hay esta disonancia en los ciudadanos mexicanos: les cae bien su Presidente, pero no dejan de ver que gobierna mal.

El Presidente ha tenido una mala noticia hace dos semanas sobre las conferencias mañaneras, su gran recurso de gobierno. Según una encuesta (El Financiero, 27 de abril), la aprobación de esas conferencias bajó 12 puntos en dos meses, de 49 a 37 por ciento. El Presidente parece más irritado que de costumbre.

No es el abanderado de la República amorosa que ganó la elección de 2018 ni el candidato que parecía tener pragmatismo suficiente para modular sus pasiones transformadoras.

Dos años y medio después, López Obrador no es el presidente de los logros, sino de los pleitos, no es el confiado conductor de su partido hacia una victoria holgada como la de 2018, sino el enervado estratega de una batalla que empieza a emitir la sensación térmica de una derrota.