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Apenas ví el día de ayer en el diario El País una fotografía de Luis Vega, en donde aparece un grupo de hombres consumiendo droga debajo de un puente en Pul-e-Sukhta en Kabul y la guardé por el impacto que me provocó.

Seis hombres consumiendo algún tipo de droga, mientras dos están acostados en posición fetal sin saber si están vivos o muertos, y entre ellos, un cuerpo de un hombre muerto. Alguien tuvo a bien de ponerle un pedazo de tela vieja sobre su rostro, pero se ve el brazo ya descompuesto que quedó a la vista de quienes miran, o miramos.

En el artículo hablan de jóvenes ancianos, que es tanto tiempo lo que pasan consumiendo drogas, que se mantienen en un viaje constante.

Una foto que tiene hedor y pestilencia insoportable, y la muerte en cada hueco oscuro, allí donde no entra la luz y los rostros no se ven, porque solo miran a su adicción y su única razón de vivir. Si es que se le puede llamar vivir.

Eso que mira el fotógrafo, lo captura y lo muestra a miles de personas, que como usted y yo nos subimos al viaje de llegar hasta debajo de ese puente en Kabul y vemos la penuria y la miseria.

La fotografía es esto, una nave que nos teletransporta a donde ni siquiera nos imaginaríamos estar y quizá jamás lo estemos. Pero llegamos y hasta cerramos los ojos porque no creemos semejante imagen.

Perdida en reflexionar sobre la muerte en vida de estos hombres, el periódico El Universal publica una fotografía un tanto similar, de su fotoperiodista Aimée Mello. Ella en Tijuana, en nuestro país documentando a indigentes que se han perdido también en las drogas. El abandono a la muerte y los abandonados por un sistema que no los contempla, ni siquiera para brindarles una salida.

Los de México, no sentados bajo un túnel, pero sí a la orilla de una banqueta, a la vista de todos y expuestos al sol, consumen fentanilo y mentafentaminas.

Pareciera que al consumir y mezclar drogas, el cuello pierde la fuerza, su mente va tan lejos que no pueden sostener su cabeza. Dirían que es insoportable el peso de sus pensamientos y entonces, la mirada cae al piso, los brazos se aflojan, y quedarse sentados o acostados es la mejor posición para mostrar que allí en el piso, tampoco son vistos.

El hombre de canas, encorvado,, el joven con la cabeza colgando, la mujer concentrada en ella y otro que nos da la espalda, todavía con su cabeza erguida, consume, ignora a Aimeé y al auto que pasa frente a él.

Todos indigentes, en México y Kabul. Cuerpos olvidados y ciudadanos que son negados por las políticas sociales, por la sociedad y por ellos mismos. Cuerpos entumecidos que quién sabe a dónde irán.

Dos fotografías igual de poderosas y duras para un mundo en el que somos capaces de ver todo a través de una pantalla, y no lo que pasa en realidad allá afuera.

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Foto: El País / Luis de Vega
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Foto: El Universal /Aimée Melo