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Cada cambio de administración municipal debería significar un nuevo comienzo. Sin embargo, en la práctica, para muchos ayuntamientos —particularmente en Veracruz— el relevo de gobierno ha terminado convirtiéndose en una herencia envenenada. Los sucesores llegan al cargo solo para descubrir que el despacho principal viene acompañado de deudas ocultas, compromisos sin respaldo y facturas que nunca se pagaron.

Proveedores que prestaron servicios, trabajadores que cumplieron contratos y medios de comunicación que difundieron información institucional siguen esperando pagos que jamás llegaron. Y aquí conviene hacer una distinción incómoda pero necesaria: una cosa es periodismo y otra publicidad. Las pautas de comunicación institucional no son favores, son servicios contratados que, cuando no se pagan, se convierten en deuda pública disfrazada de omisión administrativa.

Pero el riesgo no termina ahí. Los actuales alcaldes y alcaldesas deben tener cuidado: mirar hacia otro lado no los exime de responsabilidad. Al contrario, puede convertirlos en cómplices por omisión. Administrar un municipio no es solo inaugurar obras o cortar listones; también implica ordenar el pasado, transparentar las finanzas y asumir los costos políticos de exigir cuentas a quienes dejaron el desastre.

Mientras no se rompa esta cadena de simulación, los ayuntamientos seguirán funcionando como cajas negras sexenales, donde cada administración borra huellas y deja bombas de tiempo al siguiente.

PEGA Y CORRE: Una de las fracturas más reveladoras del obradorismo no ocurrió en público ni se resolvió en las urnas, sino en el corazón mismo del poder. Si algún día cae MORENA ya sabremos por quien fue. El distanciamiento —hoy abierto conflicto— entre Julio Scherer Ibarra, exconsejero jurídico de la Presidencia, y Jesús Ramírez Cuevas, exvocero presidencial y actual coordinador de asesores de la presidenta Claudia Sheinbaum, exhibe la descomposición del círculo de mayor confianza de Andrés Manuel López Obrador.

Ambos fueron, durante años, hombres clave del primer piso de la Cuarta Transformación. Ambos gozaron de la cercanía presidencial. Y hoy se señalan, directa o indirectamente, como responsables de una guerra interna que terminó por hacerlos incompatibles.

Scherer Ibarra sostiene que Jesús Ramírez fue uno de los operadores centrales de la campaña mediática que buscó destruirlo tras su salida del gobierno en 2021. No es una acusación menor. En su libro “Ni venganza ni perdón”, Scherer describe a Ramírez como un jefe de prensa que no solo filtraba información, sino que moldeaba la narrativa presidencial, seleccionando qué temas debía escuchar el presidente y cuáles no. Según su versión, las conferencias mañaneras dejaron de ser un ejercicio informativo para convertirse en un mecanismo de control y manipulación del discurso público.

“Jesús hizo mucho daño al gobierno”, escribe Scherer sin rodeos. Lo acusa de no entender —o despreciar— la función social del periodismo y de usar la comunicación presidencial como arma política. Desde esa trinchera, sugiere, se alentaron filtraciones, golpeteos y versiones que terminaron por colocarlo como villano conveniente del régimen. Si don Julio Scherer García viviera, desaprobaría a su hijo.

El conflicto Scherer–Ramírez es más que un pleito personal. Es el síntoma de un proyecto que, al llegar al poder, prometió ser distinto y terminó reproduciendo intrigas, vendettas internas y luchas de narrativa. En Morena, esta ruptura debería leerse como advertencia: cuando las lealtades se sostienen solo mientras el poder fluye, la factura siempre llega.

En política, los silencios no borran los conflictos. Los postergan. Y casi siempre regresan convertidos en cuentas pendientes.

Esta columna se publica los lunes. miércoles y viernes.