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Con este título de un cuento de Edmundo Valadés iniciamos hace catorce años en la revista Nexos una reflexión sobre la espiral de sangre que desde entonces baña al país, y por momentos lo destempla, como con el asesinato de los jesuitas Javier Campos y Joaquín Mora, sacrificados en el mismísimo recinto de su templo en Cerocahui, en la Tarahumara, mientras cumplían con el momento más alto de su ministerio: proteger al perseguido, interponer y perder sus vidas en defensa de otra vida.

Hablábamos hace catorce años sólo del crimen vinculado al narcotráfico, al que el gobierno federal le había declarado una guerra frontal, mal diseñada, cuya consecuencia no fue contener la violencia sino multiplicarla y desperdigarla.

Bajo el fuego gubernamental de entonces, los dos o tres cárteles grandes que peleaban por el control de rutas y plazas se fragmentaron en una gran diversidad de bandas, de las que Eduardo Guerrero llegó a contar 280. Estas bandas seguían unidas al negocio del narco pero empezaban a mostrar un rostro criminal cualitativamente distinto, porque su negocio principal empezaba a ser no el trasiego de drogas sino la exacción de sus comunidades.

El crimen organizado que padece México hoy es doble: el de las drogas y el de la exacción social de las bandas criminales. Quizá este último, en su diversidad, sea ya más importante que el primero, pues incluye derecho de piso y extorsión, secuestro, huachicol, trata de migrantes, tala clandestina, mercado de homicidios, apropiación de negocios, captura de territorios, desplazamiento de autoridades, usurpación de gobiernos.

Esta doble variedad criminal, la del narco y la de la exacción social, han prosperado bajo la inacción del actual gobierno.

Hay más homicidios y hay más exacción social. Florece el narcotráfico y florece la opresión criminal sobre negocios, regiones, ciudades, pueblos y gobiernos enteros.

El crimen organizado sigue estando en el narco, pero también está el de la captura de la sociedad por bandas locas y siniestros sicarios, cuya impunidad muestra, como en Cerocahui, cuánto creció en estos años ese otro crimen, inherente al tejido social, su parte podrida en expansión. La muerte tiene ahora doble permiso.