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Octavio Paz, en El laberinto de la soledad (1950), escribió que son “las malas palabras” el “único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos”, y que cada país tiene el suyo.

En México, ese “santo y seña” es la palabra chingada, donde “se condensan todos nuestros apetitos, nuestras iras, nuestros entusiasmos y los anhelos que pelean en nuestro fondo…”.

Viene a pelo este fragmento, “de rigor gritar cada 15 de septiembre”, cuando “nos afirmamos y afirmamos a nuestra patria frente, contra y a pesar de los demás: Toda la angustiosa tensión que nos habita se expresa en una frase que nos viene a la boca cuando la cólera, la alegría o el entusiasmo nos llevan a exaltar nuestra condición de mexicanos: ¡Viva México, hijos de la Chingada! Verdadero grito de guerra, cargado de una electricidad particular, esta frase es un reto y una afirmación, un disparo, dirigido contra un enemigo imaginario, y una explosión en el aire. Nuevamente, con cierta patética y plástica fatalidad, se presenta la imagen del cohete que sube al cielo, se dispersa en chispas y cae oscuramente…”.