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Así como no es buena idea atar la suerte de una economía emergente al comportamiento de una moneda fuerte como el dólar, tampoco resulta conveniente amarrar la política monetaria al calendario de decisiones de la Reserva Federal (Fed).

Las economías dolarizadas, como lo fue en su momento Argentina, como le sucede hoy en día a Ecuador, sufren las consecuencias de no estandarizar sus niveles de productividad con los del país emisor de su moneda de curso y el resultado es una crisis económica.

México desistió de la paridad atada al dólar vía el mercado abierto, a la oferta y demanda del peso frente a la divisa estadounidense. Ahora tiene que desligar su decisión de política monetaria de la Fed, porque simplemente las presiones son diferentes.

Los banqueros centrales estadounidenses no se tocan el corazón por la suerte de las monedas emergentes en su proceso de regularización de su política monetaria. Son casualties of war” en ese regreso de las tasas de interés desde el cero. Por lo tanto, cada economía debe procurarse su bienestar.

Lo primero que tiene que suceder en México, con carácter de inmediato, es renunciar ya al discurso complaciente que prevalece desde el gobierno federal. No más justificaciones acerca de que hay países peores; no más comparaciones con monedas más depreciadas y no más argumentos de impermeabilidad inflacionaria ante la depreciación.

Con el mercado alterado, con la especulación desatada y la gente enojada es muy sencillo demostrar que la alta dependencia petrolera para completar el gasto público y la falta de motores para el crecimiento interno son determinantes en la depreciación cambiaria.

Y el “no pasa nada” en materia inflacionaria encoleriza a los agentes económicos que salen a la luz pública a advertir sobre los incrementos que vienen. Ahí están las cámaras industriales como ejemplo.

Para las primeras horas de este viernes ya tendremos conocimiento del dato de la creación de empleos en Estados Unidos, vía las nóminas no agrícolas y la tasas de desocupación al cierre de julio pasado.

El dato debe ser un indicio más, podría ser contundente, sobre el futuro aumento de las tasas de interés en Estados Unidos. Hoy podría, pues, reafirmarse la apuesta por septiembre. Sin embargo, si el mercado cambiario se bebe los recursos del Banco de México, hay que pensar ya en un plan más efectivo.

Se lo platicaba yo hace unos días aquí en estas páginas. Para el tamaño que ha alcanzado la operación del peso en los mercados internacionales, 400 millones de dólares son como un dulce, ya que mandan una señal pero no influyen significativamente.

Por las presiones, por las señales y por las consecuencias, parece que no hay duda de que llegó el día de la independencia monetaria. Es el momento de mostrar la autonomía del banco central y evaluar si deben ya subir la tasa de interés un primer medio punto porcentual.

Hoy la enfermedad de la depreciación cambiaria ya es grave en la economía y aunque la medicina de las tasas de interés suele tener secuelas económicas, no hay duda que podría ya ser la quimioterapia adecuada antes de la metástasis.

Pero como siempre le digo cuando me refiero a las decisiones del banco central: los que toman las decisiones despachan en la Junta de Gobierno del Banco de México.