Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

Restitución

Restitución

Se va tejiendo una simbiosis entre un mundo y otro que se reviste en la arquitectura y en las creencias

Dos dioses, Quetzalcóatl y Tezcatlipuca bajaron del cielo a la diosa Tlaltecutli, la cual estaba llena por todas las coyunturas de ojos y de bocas, con las que mordía, como bestia salvaje. Y antes de que fuese bajada había ya agua, que no saben quién la creó, sobre la que esta diosa caminaba. Lo que viendo los dioses dijeron el uno al otro: “Es menester hacer la tierra”. 

Y esto diciendo, se cambiaron ambos en dos grandes sierpes, de los que el uno asió a la diosa de junto a la mano derecha hasta el pie izquierdo, y el otro de la mano izquierda al pie derecho. Y la apretaron tanto, que la hicieron partirse por la mitad, y del medio de las espaldas hicieron la tierra y la otra mitad la subieron al cielo.

Luego, hecho esto, para compensar a la dicha diosa de los daños, ordenaron que de ella saliese todo el fruto necesario para la vida del hombre. Y para hacerlo, hicieron de sus cabellos árboles y flores y yerbas; de su piel la yerba muy menuda y florecillas; de los ojos, pozos y fuentes y pequeñas cuevas; de la boca, ríos y cavernas grandes; de la nariz, valles y montañas.

Esta diosa lloraba algunas veces por la noche, deseando comer corazones de hombres, y no se quería callar, en tanto que no se le daban, ni quería dar fruto, si no era regada con sangre de hombres.

 

 

Frente a un expendio donde venden alcohol hay dos hombres en el suelo. El más viejo lleva el traje típico, una camisa blanca de telar de cintura y un calzón de algodón en color natural sin pretina, detenido por un ceidor. Los pies sucios de caminar cubiertos por una suela de hule y unos listones de cuero amarrados al tobillo. Este debe tener unos sesenta años acuesta y lleva la cara hinchada; un par de moscas perciben un olor dulzón y revolotean en su frente. A su lado hay un hombre más joven, probablemente de la misma etnia, este lleva unos jeans, camisa de cuadros y unas botas de suela de tractor. Los trajes típicos de estas zonas van desapareciendo mientras la modernidad va dando sus pinceladas en una embestida que no tiene freno.

Los dos duermen el desmayo de entrar en un estado de “blackout” a causa de beber hasta la inconsciencia. Una laguna mental donde no duele el hambre, la falta de empleo y la pérdida de las acamayas que pescaban para alimentarse a causa del envenenamiento por pesticidas hace apenas unas semanas.

 

 

Al menos por unas horas no se pueden formar nuevos recuerdos en un área del cerebro llamada hipocampo. Ahí se produce una brecha en el sistema de registros del cerebro; entonces, cuando el alcohol desaparezca del sistema, no recordarán nada y se sentirán enfermos. Da la impresión que sentirse crudos es mejor que sentirse perdidos, sin esperanza. Al menos se siente algo.

Basta buscar cifras y si, Puebla es de los estados con mayor problema de alcoholismo en el país. Pero no confundamos pobreza y edad con esta problemática aunque está presente, los jóvenes de todos los estratos sociales también son víctimas de tan dolorosa adicción.

Intento distraer mi mente, imaginar el espacio donde estoy, ubicado en la sierra norte como era antes; antes de que los expendios estuvieran llenos de comida chatarra y refrescos envenenando a la población en menos de cincuenta años. Imagino las casas de adobe 200 años después de cristo, cuando apenas se llegaron a asentar aquí.

Veo el paso de los siglos; están los Aztecas obligándolos a pagar tributo, es 1475. Como ráfaga observo a los españoles llegando a conquistar tierras nuevas, construyendo la iglesia de San Francisco mientras los alcatraces, las azaleas, las hortensias, gachupinas y orquídeas son testigo del despojo a los indígenas de sus tierras. Los veo descalificando sus creencias, y como no, pues tenían un sistema religioso bien consolidado, notable a simple vista en la dimensión de los templos con sus nichos en Yohualichan y la magnitud de sus cultos.

 

 

Los veo poniendo ahora tejas rojas sobre los techos de sus casas con el suelo de barro. Se va tejiendo una simbiosis entre un mundo y otro que se reviste en la arquitectura y en las creencias. Todavía se ven los cuexcomates que sirven para guardar el maíz. La tierra es fértil, las milpas intercalando, frijol, calabaza, maíz y chile no agotan el suelo.

Veo a los españoles buscando  erradicar una conciencia de agradecer a la tierra como ente vivo, dueña de todos los bienes indispensables para el hombre. Era una sabiduría sobre el acto repetitivo de la apropiación de los productos engendrados por la tierra, así que se generaba una deuda con la divinidad y había una obligación de devolver lo que consideraban prestado, horrorizados los españoles pusieron al diablo al frente de dichos rituales y el castigo divino por ejercerlos.

Era esa época donde la población tenía dientes y no había manchas blancas de desnutrición en los rostros de los niños. Eran tiempos cuando compartían el espacio, Otomíes, Mazatecos, Nahuas, Popolocas y horábamos su existencia.

Pongo en los árboles quetzales, que desaparecieron hace unos setenta años. Veo sus colas largas y su canto haciendo eco en las cañadas. Solo queda el recuerdo de su aleteo en el nombre de este pueblo llamado Cuetzalan.  Veo al primer Pueblo Mágico de Puebla  entre bosques llenos de niebla, cafetales, cascadas, cuevas, grutas y helechos gigantes.

 

 

Imagino que el día domingo, donde hace un año sí había mercado, veo sus calles empedradas de blancos edificios. Las escaleras en la mañana cubiertas de niebla como si las revistiera una espesa alfombra blanca. Observo los rayos del sol despertando entre sus calles, las mujeres moviendo sus nahuas al pasar y de sus canastos van brotando olores que dejan una estela de olor a café, introducido en la zona a fines del siglo XIX por unos italianos despojando los cerros de árboles ancestrales para el cultivo de tan preciado grano. Hoy Cuetzalan es cabecera municipal de ocho juntas administrativas pobladas principalmente por el pueblo Nahua o Macehual.

A mí me pasa que me duele, ser testigo del deterioro social que genera la falta de una cultura amorosa; donde la desigualdad clama al cielo, donde pasamos por enfrente de un ser humano que duerme en el piso y lo llamamos “borracho” y es fuente de desprecio, risas o de asco.

 

 

En diez años habrán desaparecido cuatro de las siete lenguas indígenas que son reconocidas de manera oficial en Puebla, aunque hay más de cuarenta y siete variantes lingüísticas,  todas en crisis porque ya que no quieren compartirla a las nuevas generaciones. La categorización de “rebeldes” a las comunidades que se niegan a adoptar las formas occidentales de vida o el interés de las comunidades por aprender español o inglés para buscar mejores oportunidades de desarrollo personal también  se va tejiendo como parte del denso tejido de la problemática.

La belleza del pueblo mágico se nubla con la cantidad de residuos en sus calles y en los espacios  naturales destinados para el turismo. El agua transparente se ve entintada de cremas corporales para cuidarse del sol, los tapabocas olvidados en las piedras de una bella cascada. Están las envolturas plateadas de frituras y los envases de marcas prestigiadas cada una haciendo alarde de nuestra desconexión. De nuestro olvido de enaltecer el suelo que pisamos. Desde luego esta la delincuencia que como humo va comiéndose los espacios.

 

 

Pero en medio de aquello que duele está la belleza de un pueblo que tiene dentro de sus calles una comunidad de mujeres. Cien que empezaron una cooperativa hace más de 20 años, la llaman Masehual Siuamej Moseyoichicauani, que significa Mujeres juntas están trabajando. Tienen un pequeño hotel de nombre Taselotzin donde reciben al turista. Ahí muestran sus artesanías y sus plantas medicinales con las que trabajan la herbolaria. Tienen un temazcal con masajes tradicionales heredados de los conocimientos ancestrales. “No ha sido fácil”, nos narra Juanita la presidenta de la asociación. Se abrieron brecha con la resistencia de sus maridos y si algo tienen es que se apoyan la una a la otra. “logramos sacudirnos un año difícil, porque trabajamos juntas”. Nos dice orgullosa a un año de haber comenzado la pandemia.

Es uno de los pocos espacios en Cuetzalan que procura no dañar el medioambiente, reciclando los desechos y ellas portan todavía el traje típico de sus etnias.

Así que en esta simbiosis de lo de antes y lo de ahora, la belleza y lo que duele, dejó este espacio mientras una carretera sinuosa va marcando el regreso cubierta de niebla.

Me llevo el saber que no se puede regresar a lo de antes, pero se puede rescatar el principio fundamental de respetar la tierra. Para recibir el alimento humano es inevitable herir el cuerpo de la diosa terrestre. Esto genera un desequilibrio y debe ser reparado. Seguramente creímos que ella exigía un cambio de carne y sangre humanas como condición para seguir pariendo frutos, pagando así con la misma moneda; la energía vital consumida debe ser resarcida exclusivamente con energía vital. Quizá hoy podamos regresar de otra forma lo que se nos ha dado, está la posibilidad de restaurar y sanar el daño que le hemos hecho y así rescatarnos a nosotros mismos de esta desconexión que nos va entumeciendo día a día. Y que muestra sus estragos en dos seres humanos que vi alcoholizados en las calles olvidando su humanidad en el éter de otro tipo de desconexión.

Por DZ

Claudia Gómez

Twitter: @claudia56044195

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