Piratas

Con diez cañones por banda,

viento en popa a toda vela,

no corta el mar, sino vuela

un velero bergantín;

bajel pirata que llaman,

por su bravura, el Temido,

en todo mar conocido

del uno al otro confín.

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria la mar.

Fragmentos de la Canción del pirata, de Espronceda

 

206 kilómetros separan Ciudad de Carmen de Campeche; para quienes hemos transitado por su angosta carretera, mientras el cielo se pinta de bolas blancas que parecen algodón, hay una experiencia que deja huella en el color del mar que se vuelve turquesa, cuando se acerca a la orilla de sus playas blancas. 

Llegando a Campeche después de un torrencial aguacero, se ve a lo lejos, la muralla que recibe el sol candente del medio día, en sus piedras añejas, formando parte del sistema de defensas de la ciudad en forma hexagonal. Se levanta majestuosa representada por sus fuertes y baluartes, es maravilloso que todavía se mantengan en pie. A lo alto hay un pasaje que permite pasear por la fortaleza desde las alturas de las murallas que aún albergan campanas que se usaban para avisar del arribo de piratas y cañones para usar en defensa de los invasores.

Es inevitable sentir la brisa del mar que se cuela en el malecón trayendo el susurro del recuerdo de los piratas que surcaron estos mares, en busca de riquezas para llevar a Francia e Inglaterra representados por su bandera negra. Una estratagema donde los piratas si eran encarcelados se volvían ladrones y eran abandonados a su suerte, pero por otro lado eran financiados para surcar los mares en busca de tesoros y dividir las riquezas con reyes y reinas, condes y condesas. 

A unos metros de la muralla en la Av. Miguel Alemán hay un restaurante que abre sus puertas a la calle, en placas sobre la banqueta dice en letras doradas “Pigua”, la carta está llena de ostiones, camarones y pescados suculentos, pero lo que llama la atención son los exquisitos mariscos Sir Francis Drake. Acompañados por una cerveza Montejo uno se va dejando abrazar de una ciudad con calles que todavía llevan el recuerdo de tiempos inmemorables. Una sonrisa se asoma en mi rostro, cuando al cruzar la esquina un hombre vendiendo mandarinas me mira con sus ojos azules. Será que los genes de alguno de estos piratas se mezclaron con sangre Maya, cuando lejos de sus mujeres buscaban consuelo para la soledad en sus largas travesías.

Hay hoteles, discotecas, tiendas, un equipo de béisbol profesional y un sinfín de comercios que recuerdan el nombre de piratas que llegaron a estas tierras y que, a pesar de existir una tregua formal entre las coronas de España e Inglaterra, durante aquella época, esta parecía inexistente para los bucaneros, generando así incidentes armados entre ambas potencias marítimas que fueron violentas y muy frecuentes.

En el siglo dieciséis, a sólo veinte años de haber sido fundada la primera villa fundada por los españoles en la península de Yucatán, llamada San Francisco de Campeche, se convirtió en un punto obligado en la navegación entre La Habana y Veracruz por la seguridad que representaba ante fenómenos naturales y la necesidad de avituallarse, pero sobre todo por la riqueza resguardada en sus depósitos y comercios. Así que en sus correrías los piratas pronto descubrieron las debilidades del puerto de Campeche, donde hacía un alto la flota de Indias cargada de riquezas inconmensurables con destino a la metrópoli española.

Mientras el alba se presentaba para cargar las bodegas de los galeones llenas de riquezas de esta tierra rumbo a España, los campechanos fueron despertados una madrugada por los sonidos de los arcabuces y algunas voces en un idioma extraño para ellos. Era 1567 según marcaba el calendario, seis barcos ingleses arribaron al puerto de San Juan de Ulúa, comandados por los famosos piratas John Hawkins y su sobrino Francis Drake. Terminó el arribo en una cruenta batalla en San Juan de Ulúa, siendo esta una derrota para los ingleses y sus enormes galeones. Hubo algunos piratas que lograron huir y se dispersaron por México y otros fueron las primeras víctimas de la Inquisición recién instalada en el virreinato de la Nueva España. Tío y sobrino pudieron escapar en una de las naves dejando al resto de la tripulación a manos de la turba enardecida.

De hecho, uno de los miembros de aquella tripulación comandada por Hawkins y Drake fue el primer condenado a la hoguera por el Santo Oficio, en la Plaza del Marqués del Valle que se encontraba a un lado de la Catedral, junto con otro pirata francés.

Una caminata por las calles viejas de la ciudad con sus muros de colores da cuenta de las historias que todavía se cuentan, espacios que albergan leyendas de una época marcada por el pillaje y el dolor de sus habitantes. Así se cuenta que el pirata Barbillas enamoró a la única hija de un hombre acaudalado, este al verse deshonrado buscó al desgraciado para enfrentarlo a duelo, pero este acabó con su vida clavándole una daga en el pecho.

Al morir el padre de manera tan violenta, la hija llena de remordimiento, pierde la razón, terminando sus días en un convento donde en las noche se escuchaba su voz gritar: “pirata, pirata, pirata….” Y es que los ladrones no se limitaban a vaciar las bodegas, sino que se emborrachaban y cometían atropellos con la gente, violando a las mujeres, asesinando, entrando a las casas a robar el oro y las cosas de valía.

La población de la villa, vivía en alerta permanente, se establecieron mecanismos de vigilancia y avisaban con un disparo al notar la presencia de barcos desconocidos para dar tiempo a la gente que se escondiera.

Uno de los asaltos de más destrucción fue el realizado en 1633, encabezado por Cornelius Holz alias “Pie de palo” y Diego “El Mulato”, quienes invadieron y saquearon la villa durante tres días pese a la defensa organizada de 300 hombres para contener la delincuencia.

En 1663 en varias naves enemigas llegaron a Campeche al mando de Edward Mansvelt y durante 15 días cometieron tropelías, incendios, saqueos, destrucción y se apoderaron de 14 navíos llenos de mercancía.

A pesar de la resistencia de los pobladores el saqueo fue total y hubo bajas de autoridades y piratas, el mismo Mansvelt, salió herido de Campeche y murió al poco tiempo a consecuencia de esas lesiones.

El desfile de piratas siguió con Bartolomé “El Portugués”, Juan David Nau “El Olonés”, Laurent de Graff “Lorencillo”, William Parker, Cornelius Holz, Diego “El Mulato”, Jacobo Jackson “El conde de Santa Catalina”, Henry Morgan, Rock “El Brasiliano”, Lewis Scott, entre los más sanguinarios. Pero la verdad es que no deja de sorprender  que Drake se le haya dado el reconocimiento como Sir de la mano de la reina Isabel I, mucho se especulo sobre sus amoríos y sobre su seductora sonrisa. 

Hoy hay un halo que acompaña la ciudad, un recuerdo inevitable de una época que marcó a sus pobladores, hoy es fuente para atraer al turista que no puede perderse la visita al museo del pirata, pagando solo quince pesos a su entrada.  O una caminata por el malecón que tiene una estatua de una mujer que tiene la mirada perdida en el horizonte, esperando el regreso a su amado castigado por el mar. Y es que este se enamora y al no ser correspondido se venga, alzando tormentas infranqueables donde los barcos desaparecen en la espuma dejando solo el eco de las leyendas en los pobladores de las costas. 

La piratería al final es una práctica de saqueo marítimo, probablemente tan antigua como la navegación misma, en Campeche queda huella en cada piedra de su paso, queda el recuerdo en los ojos claros de algunos pobladores y el ruido de los cañones que a veces se confunden mientras se revientan las olas del mar.

Por DZ

Claudia Gómez

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