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#LaPeorMamá. Primero yo, después mis hijos
Foto de Archivo

– No estoy de acuerdo en que nuestra vida tenga que girar alrededor de nuestros hijos. – Me comentó una alumna. – Siempre tienen que estar antes que nosotros.

¿Por qué como mamás tenemos esa idea? ¿De dónde sacamos que tenemos que ser las mamás perfectas? ¿En qué momento se nos metió en la cabeza que nuestros hijos son nuestra prioridad número uno?

¿Por qué decidimos dejar de lado hasta nuestra higiene personal cuando tenemos hijos? ¿Les ha pasado que no se pueden bañar en todo el día por atender a su bebé? Sí, ya sé que entre dar de comer, cambiar pañales y tratar de dormir no queda tiempo para nada. Pero, ¿de verdad tiene que ser así?

No señor, señora, señorita. Mis hijos no son más importantes que yo. Ni deben serlo. Los amo, los adoro. Son una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida pero un día me di cuenta de que mientras más los ponía sobre mis propias necesidades, peor me sentía. Y además la culpa me invadía.

Tenemos que pensar en que antes de los hijos, fuimos pareja y que antes de ser pareja, fuimos un individuo. Individuo que es más importante que nada en el mundo. Si el individuo no es feliz, no puede dar felicidad; si el individuo no se ama, no puede dar amor; si el individuo no se respeta, no puede dar respeto.

Esta individua debe procurarse para procurar a sus hijos. No hay más. Y ellos deben entenderlo, respetarlo y aprenderlo; pues nunca deben poner a nadie antes que a ellos mismos.

Por supuesto que esto que les digo me tomó varios años entenderlo y ponerlo en práctica.

Porque, ¿qué van a decir? Pero finalmente entendí que nadie estaría bien en mi familia si yo no lo estaba.

No. No asistí a terapia, aunque por supuesto no dudo que me haría mucho bien. Simplemente comencé a hacer pequeños cambios.

Siempre, siempre bañarme. A menos que no quiera hacerlo, pero nunca porque no me dio tiempo.

Salir sola con mis amigas. De día o de noche.

Salir sola con mi marido, como novios.

Arreglarme diario. Me di cuenta que los días que me peino y me maquillo o bueno, que lo intento porque no soy tan talentosa en eso, me siento mucho más feliz y con ganas de hacer cosas.

Me decidí a cambiar de profesión y dedicarme a algo que me apasiona muchísimo.

Decidí elegir un día a la semana en el cual tiro la flojera (no en fin de semana). Ese día preparo lo más sencillo de comer o de plano compro, me baño tarde y veo series durante la mañana porque sí.

Leo más. Siempre me ha llenado la lectura y la había dejado porque “con los niños no me daba tiempo”, así que leer ahora es una de mis prioridades del día.

Aprendí a reconocer todas las virtudes que tengo y a usarlas más y sobre todo no sentirme mal por reconocerlas y decirlas.

Me permito equivocarme y me perdono por hacerlo. De todas formas, ¿no es así como aprendemos los seres humanos?

Comencé a decir ‘no’ pues siempre decir ‘sí’ me trae mucho estrés. Aunque debo aceptar que eso me cuesta mucho trabajo.

Y hablando de lo que cuesta trabajo, comencé a pedir ayuda en lugar de enojarme porque la gente no me ayuda cuando creo que deben ayudarme.

Empecé a hacer ejercicio, aun y cuando la flojera me llama. Le encontré el gusto e intento ser constante en ello porque en definitiva esas endorfinas son muy necesarias en el día a día.

Comencé a hacer siesta en la tarde los días que no hay clases por la tarde y a enseñarles a mis hijos a respetar ese tiempo. Es delicioso dormir siesta, muy reparador.

En fin, he ido sumando pequeñas cosas que me dan paz y suman a mi vida, y en general aumentan mi autoestima pues esta sin duda se refleja en los míos.

Y de alguna manera debo estarlo haciendo bien pues mis hijos me perciben aún como la mejor mamá del mundo. No, no lo inventé, les juro que me lo dijeron hace un par de días.

¿Y ustedes van antes que sus hijos?

Gracias por leer
#LaPeorMamá