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Entre catedrales y la naturaleza

Entre catedrales y la naturaleza - Fotos de AFP y Notimex.
Fotos de AFP y Notimex.

Estos recintos sagrados nos hacen sentirnos contenidos, conectados. Esta necesidad tan humana nos hace respetar sus espacios

 

Cuando hay catedrales, sinagogas, mezquitas, recintos y templos en llamas, su grey se duele, se afecta y encuentra la forma de reunir los recursos para restaurarlas.
Estos espacios dan pertenencia a la gran mayoría, en ellas se fincan nuestras creencias, pedimos por nuestros anhelos, oramos, nos arrodillamos arrepentidos. Tantos se han unido en sus rituales, bautizado, confirmado y han pasado el último peldaño, mientras los suyos se despiden. Son lugares de enseñanza y algunos de descanso.

Reverenciamos y honramos cada piedra porque por dentro de ellas se ha guardado parte de nuestra historia. En su arquitectura se custodian las normas, las formas que nos guían, aunque tantas veces no las sigamos y nos las pasemos por el arco del triunfo, tal es la condición humana. Eso explica porqué son seis mil millones de seres humanos los que practican alguna forma de creencia espiritual.

Estos recintos sagrados nos hacen sentirnos contenidos, conectados. Esta necesidad tan humana nos hace respetar sus espacios.

Me da la impresión que avergonzar a quienes sienten una veneración por los lugares que tienen valor para ellos, no ayuda a la devastadora crisis ecológica en la que nos encontramos en este momento, ni a los millones de personas en pobreza extrema, ni aquellos que caen en las fauces de las guerras, del narcotráfico, de la migración y del deterioro social, por el contrario, nos divide, nos enfrenta.

Quizá la reflexión esté en detenernos y mirar qué es lo que nos pasa, porque respondemos con prontitud cuando toca algo que sentimos tan nuestro. ¿Por qué será que ante situaciones que tienen una premisa evidente, nos distingue la apatía?
Cuando se trata de mirar lo que hemos hecho con el planeta aparece un halo de profunda indiferencia, ponemos por encima nuestros intereses económicos y políticos y parece que nos hemos extraviado perdiendo nuestra conexión con el medio ambiente.

Nos hemos catalizado a través de pensar e intelectualizar, hemos olvidado de contactar con lo que sentimos. Hasta que no volvamos a darnos cuenta que la naturaleza es la dinámica armónica del conjunto de seres vivos y la materia inerte de su extensa diversidad en todas sus variedades, no la percibiríamos como un todo del que solo somos parte. Seguiremos creyendo que está ahí para nuestro dominio y esa premisa equivocada, es la que nos ha traído hasta aquí.

Las heridas que le causamos al globo terráqueo primordialmente existen primero dentro nuestro. Comenzamos a actuar a través de esas heridas y así, donde sea que tengamos este dolor dentro de nosotros, lo volcamos en la Tierra y nos lo infligimos mutuamente, muchas veces sin siquiera darnos cuenta. Entonces hace sentido mirarnos destruir los bosques, las guerras, las drogas, la trata de blancas, las diferencias tan marcadas entre los que tienen y los que no; todo eso es quizá sólo un síntoma.

La enfermedad que causa ese síntoma es la enfermedad de la desconexión. Y así se ve en la radiografía los problemas que nos aquejan en su vasta complejidad, dejan de lado esta premisa de mirar que nos queda poco tiempo para revertir el daño que hemos causado. No nos damos cuenta que somos nosotros los que desapareceremos en esta etapa llamada Antropoceno, la sexta extinción. El planeta continuará sin nosotros, lo ha hecho cinco veces antes, no lo tenemos que salvar, es a nosotros a quienes tenemos que preservar, si queremos.

Si esta carencia de desconexión con el planeta nos lleva a no poder contestar las preguntas más esenciales para que nuestras elecciones sean éticas, entonces consumimos a mansalva sin preguntarnos si eso afecta a otros, si se fabricó con mano de obra de niños, si destruimos un hábitat.

Desde esa herida contemplamos el mundo, esa escisión da respuesta a la forma de cómo nos tratamos y cómo cuidamos a la naturaleza. Nuestra fractura hace que percibamos a una montaña como un montón de material orgánico para explotar un río como agua que limpia los residuos mineros; un árbol como madera para comercializar; las especies como recursos para vender.

Este es el único planeta que tenemos, este es el desafío al que nos enfrentamos, cambiar nuestra forma de abrazarlo y mirarlo desde una perspectiva diferente.
Tal vez si nos diéramos cuenta que la medicina está en esa necesidad que atesoramos en el fondo para sentirnos conectados a la Tierra, saber que pertenecemos a ella, que la necesitamos, entonces estaríamos volcados a honrarla y a cuidarla, así podríamos tener una respuesta emocional y estar motivados para actuar, para sentir realmente que somos parte y no aparte de este planeta que habitamos. No hay que olvidar que nuestra casa realmente está en llamas.

Quizá lo que haga falta es hilarnos de nuevo. ¡Vaya tarea! Nos hace falta encontrar nuevas historias, leyendas, mitos y descubrir nuevos héroes que nos den ejemplo o rescatar las formas de algunos pueblos primigenios para darnos nuevamente un sentido de pertenencia.

Si no empezamos por algún lado, la complejidad multifactorial de problemática, terminará por engullirnos y acabaremos por perdernos del todo.
Nuestra narrativa actual, sin importar cómo griten unos u otros, sin importar cuántas fotografías de catedrales en llamas junto a niños hambrientos, animales asfixiándose en plástico o bosques devastados por el fuego o por la mano humana, no restauran el daño que hemos infligido a la Tierra y la reconstruyen, simplemente no lo hacen.

Las personas necesitamos historias, creencias, rituales, para saber a qué pertenecemos, a dónde, a quién y cuál es nuestra función mientras estamos por aquí.
Nuestras creencias nos han dado cohesión en algún momento, nos estructuran y nos dan dirección, aunque humanas al fin, también nos han extraviado. La fe en Dios o en otra divinidad o creencia nos identifica, nos hace sentir parte de un grupo cultural que comparte ritos y costumbres. Compartimos desde ahí una manera común de ver al mundo y sus fenómenos. Subyace una necesidad de agarrarse a certezas, sobre todo en un mundo en crisis. Por detrás, lo que hay, es una fuerza integradora que empuja a las sociedades y marcan el paso de su estar cotidiano. Y sus recintos son un emblema, un lugar que nos da arraigo, así lo vive la gran mayoría. Algunas de esas tradiciones que hablan de historias en los libros sagrados, nos tejen en un trama de mitos, magia que a través de personas santas, nos hacen imitarlas porque en el fondo percibimos lo nutricio que hay en ellas.

Podríamos mirar y aprender de los pueblos indígenas que tienen historias, una cosmología, una forma de relacionarse con la Tierra. Podríamos entonces maravillarnos con la forma en que las estrellas les dicen cuándo cosechar y cuándo plantar. Estos pueblos entienden cómo cuidar a los animales, a su entorno y parte de eso es porque encarnan sus historias en ceremonias, rituales y bailes. Las viven en sus comunidades, a través de ritos que mantienen viva la esencia de su pueblo.

Las historias nos conectan emocionalmente con los lugares sagrados, porque así los honramos. Entonces, cuando estos lugares ya sean catedrales o bosques ardiendo, los sentimos amenazados, nos preocupamos y salimos al rescate. Sólo cuando nuestra historia se siente amenazada, porque toca la cultura, la espiritualidad, a los antepasados, podemos reaccionar con fuerza, unirnos en solidaridad y hacemos algo rápido y conciso.

Si no pertenecemos a las culturas que tienen historias sobre la Tierra o las casas donde se practica algún tipo de espiritualidad, no nos importará cuando sean destruidas. Es posible que nos preocupemos más por nuestros teléfonos, trabajos, dinero y posesiones materiales, porque estas son las cosas sobre las que hemos creado historias, estas son cosas que tienen significado y valor para nosotros en nuestras vidas, es por lo que tiene sentido preocuparnos por ellos.

Hemos olvidado que somos uno con la Tierra y que es esta relación la que nos mantiene vivos. Necesitamos una nueva narrativa, una que todos los pueblos puedan compartir, una de conexión y adoración de la Tierra, necesitamos ir ahora al bosque, a los ríos, al océano y orar. Nos hace falta honrar nuestro hogar y agradecer que se nos ha regalado. Sólo cuando algo se siente nuestro, se agradece, se cuida y se siente parte de nuestra esencia.

Necesitamos sentir a la Tierra pulsando en nuestras venas, porque hasta que no lo hagamos, ninguna destrucción de los ecosistemas terrestres será lo suficientemente evocadora como para que nos movamos a la acción.

DZ

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