Seirína
Seirína. Foto: El País.

σειρήνα

“Ya distaba la costa no más que el alcance de un grito y la nave crucera volaba, más bien percibieron las Sirenas su paso y alzaron su canto sonoro:

‘Llega acá, de los dánaos honor, gloriosísimo Ulises. De tu marcha refrena el ardor para oír nuestro canto, porque nadie en su negro bajel, pasa por aquí sin que atienda a esta voz, que en dulzores de miel, de los labios nos fluye. Quien la escucha, contento se va conociendo mil cosas: los trabajos sabemos que allá por la Tróade y sus campos, de los dioses impuso el poder a troyanos y argivos, y aún aquello ocurre doquier en la tierra fecunda.’

Tal decían exhalando dulcísima voz, y en mi pecho, yo anhelaba escucharlas. Frunciendo mis cejas mandaba a mis hombres soltar mi atadura; bogaban doblados contra el remo, y en pie Perímedes y Euríloco, echando sobre mí nuevas cuerdas, forzaban cruelmente sus nudos.

Cuando al fin las dejamos atrás, y no más se escuchaba voz alguna, o canción de Sirenas, mis fieles amigos se sacaron la cera que yo en sus oídos había colocado al venir, y libráronme a mí de mis lazos.” (Homero, Odisea, canto XII, Gredos; 2015)

Así la primera referencia escrita de personajes tan fascinantes, una mirada al mundo del imaginario, cuando se narra el episodio en que Ulises, instruido por Circe, y con los oídos tapados con cera, se hizo atar al mástil de su embarcación para poder escuchar sus cantos sin sucumbir ante ellos.

Su nombre es una amalgama del vocablo púnico sir que significa canto, y el semítico seiren que habla de una hembra que fascina con sus cantos.

Pocas figuras han sobrevivido a través de los siglos y atravesado tantas culturas como ellas, encontrando un hilo conductor que les ha permitido hacerse conocer a nivel global.

Den lille Havfrue título original en danés de La Sirenita, un cuento de Hans Christian Andersen, publicado el 7 de abril de 1837, acompañó mis sueños niños, mientras las lágrimas se me escurrían, pensando en el dolor de los vidrios que sentía en sus pies, y el momento que se volvió espuma del mar.

Las sirenas han generado en mi vida una curiosidad arrolladora, han estado presentes en la tradición, en la literatura y en el arte de forma ininterrumpida, desde Babilonia o la Grecia arcaica, el próximo oriente, hasta la filmografía de Walt Disney, que les dio un pincelazo cambiando su razón de existir, volviéndolas un producto más de la maquinaria de un estilo de vida, que hoy está poniendo en peligro la existencia misma.

Incontable cantidad de mitos, historias, leyendas, cuentos, libros, pinturas y esculturas, han perpetuado el mito a lo largo de los siglos, quizá son éstos los que más me atraen.

Será que se fueron escurriendo en el lenguaje, encontrando como permanecer en la tradición oral, y de ahí por los caminos de las rutas comerciales, hasta alcanzar los cinco continentes.

La construcción de la narrativa que tejió tan maravillosos seres, partió quizá de la soledad de aquellos que fueron marineros, que ávidos de compañía femenina durante sus largos viajes, necesitaban distraerse. Será que aparecían bajo los influjos del alcohol o del mareo, provocado por las olas incesantes o del aburrimiento de meses de travesías.

Sus figuras extraordinarias fueron creando un mito, un anhelo, que buscaba responder a las incógnitas de la cultura. Fueron sin duda un símbolo, que cubría los peligros que entraña el abismo marítimo. Así, su presencia, fue creando una iconografía, que detalla sus historias en distintas culturas.

Según donde se contaba de su existencia, iban tomando formas distintas, dejando de pronto una riqueza enorme a su paso, no todas eran iguales, las había piciformes metamorfoseando en pez, rematando en una aleta caudal bífida, de larga cabellera sobre sus pechos desnudos, y agarraban ambas colas con ambas manos.

Estaban otras sirenas pez, con larga cabellera y torso desnudo marcando la lujuria como atributo. Pero también había otras donde, se asomaban alas llenas de un plumaje hermoso. ​​​​​​​​​​

Resultaba que cuando se mezclaban plásticamente los conceptos de sirena-pájaro, estas se asociaban con las fuerzas demoníacas, con tintes de maldad.

El primer rasgo de la caracterización moderna de las sirenas apareció alrededor del siglo VI d.C. a través de los bestiarios medievales, en estos se habla de la transición de la sirena-pájaro a la sirena-pez con una conjunción de ambos elementos.

El ‘Liber Monstruorum’ (siglo VI) de gran influencia sobre las criaturas conocidas en el Medievo, da una primera aproximación a la nueva morfología pisciforme.

En el mundo helenístico eran adoradas como divinidades del más allá, y se les veía cantando a los muertos en la Isla de las Bienaventuranzas. A ellas se les daba el poder de atraer a otras almas, y llevarlas a la perdición produciendo una lenta agonía hasta la muerte.

Los griegos hablaban de que podían ser hijas de la musa Melpómene y del dios-río Aqueloo, pero otros atribuían su maternidad a Estérope, o nacidas de la sangre de Aqueloo cuando fue herido por Heracles. Podrían ser hijas del dios marino Forcis, o castigo de Deméter al no impedir que Perséfone fuese raptada por Hades, lo que les otorgó un carácter funerario.

En las culturas del Mediterráneo Oriental durante la Edad Media, también se detecta la presencia de estos genios marinos, tanto en el arte bizantino, como en el arte islámico, donde se confunden con los daimones que responden a los temores que inspiraba el mar, poblados de seres portadores de desgracias y contratiempos.

En la Edad Media donde el mapa del mundo se constriñó al pecado y al infierno, se les asoció a la lujuria, la tentación y a los peligros que encarnaban la sexualidad, definiendolos como seres volátiles como lo es el amor, encarnando la falsedad, el embuste, y la traición.

Todas tenían ciertas características que eran muy parecidas, dotadas de voces que embrujaban cantando y tocando diversos instrumentos musicales, aludiendo su canto mortal, en notas entonadas con su voz cautivadora. Las acompañaban, otros símbolos con significado mítico, así la flauta era símbolo de vanidad, la lira emparentaba con la lujuria, y la viola simbolizaba engaño. A otras las acompañaba algún pez o gran caracola, haciendo alusión al medio acuático en donde vivían.

En el gótico su atributo más común fue el espejo y el peine, dando lugar a la imagen del pelo como símbolo de la coquetería y la seducción femenina.

Pareciera que su sortilegio se ha transformado al paso de los siglos, y ha sido fuente del monstruoso aparato de la economía, un demonio más silencioso y mucho más cautivador.

Hoy se han vuelto un producto de la vorágine de la mercadotecnia, un algo más que produce riquezas para algunos, mientras siguen cautivando a los clientes. Nadie se da cuenta que quizá lo que ha sucedido, es que las hemos transformado en algo más demoníaco, un producto vendible que degrada al planeta con el plástico y los materiales con que están hechas, con el combustible que se gasta para trasladarlas de un lado del mar a otro.

Yo prefiero verlas en los murales antiguos, en las piedras talladas, y encontrarme con ellas en las historias de mares encolerizados, que evocan sus cantos llevando a los barcos a estrellarse en los arrecifes. Prefiero encontrarme con ellas en mis sueños, y en el lápiz que enfundo cuando me da por pintar.

Por DZ

Claudia Gómez

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