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Se ha simplificado el resultado de la elección estadounidense del próximo martes al blanco y negro de decir que si gana Donald Trump, el Armagedón. Pero si la que gana es Hillary Clinton, todos regresaremos a la paz de lo establecido.

Hay muchos matices que quizá no imaginamos todavía del resultado, sobre todo porque se ha polarizado lo suficiente la contienda como para que todo el mundo olvide las campañas y regresemos a la vida normal o al caos inevitable de Trump.

Pero hay un escenario en las elecciones de Estados Unidos del próximo martes que es incluso peor que un triunfo de Donald Trump y es que ese día los estadounidenses no se puedan ir a dormir con la certeza de quién será su próximo presidente.

El modelo de colegios electorales, la tecnología y la calibración del sistema electoral en su conjunto, da elementos suficientes para que tan pronto como la ley lo permita, por aquello del cierre de casillas en la costa oeste, se dé a conocer un ganador antes de las 10 de la noche, por mucho, del martes electoral.

Hay antecedentes de falta de claridad en los resultados electorales, el más contundente se dio en las presidenciales del 2000 cuando los medios de comunicación, apelando a sus encuestas de salida y demás instrumentos de conteo, dieron como ganador al demócrata Albert Gore.

Esa noche, los estadounidenses se fueron a dormir con la idea de que tendrían un presidente demócrata, tal cual lo había anunciado el sindicato de medios que tenían algo llamado el Voters News Service que conjuntaba las exit polls de las seis cadenas noticiosas más importantes de ese país y también de los dos partidos políticos. Vamos, no había margen de error.

Sin embargo, la mañana siguiente el ganador de Florida había sido el republicano George Walker Bush, con una explicación nebulosa de votos no contabilizados y la gran sospecha de la intervención del gobernador de ese estado y hermano del candidato, Jeb Bush.

Después de un largo proceso judicial, un mes después, la Suprema Corte de ese país determinó que el ganador en Florida había sido George W. Bush y con ello, de la elección presidencial.

Albert Gore asumió la decisión institucional de respaldar el resultado electoral y ahí acabó una crisis electoral que amenazó a la democracia más presumida del mundo entero.

Cambie las fechas, cambie los nombres y cambie el escenario al actual de tensión política y dígame qué le pasaría, de entrada, al mundo financiero si se acaba el martes 8 de noviembre y no hay un ganador claro.

Qué pasaría si Donald Trump sale como loco a los medios a argumentar que hubo un complot y un enorme fraude electoral y desconoce los resultados. Porque advertidos estamos.

En lo que llegan las aclaraciones de los conteos o si tiene que intervenir la Suprema Corte de Estados Unidos, el mundo entero caería en un abismo de incertidumbre inaudito.

Es el escenario que está al otro extremo de lo que todos queremos: que gane Hillary, que Trump lo reconozca de inmediato y que regrese la tranquilidad en ese frente de batalla.

Es una posibilidad terrible, pero real a la luz de lo que hemos visto hace no tanto tiempo en ese país.