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Muy pocos van a recibir bien la enésima explicación de la Secretaría de Hacienda de por qué suben los precios de las gasolinas como consecuencia del aumento en los precios del petróleo y de las presiones cambiarias.

La mayoría registrará tres palabras: gasolinas, alza y Hacienda. Y entonces se perderá en el camino toda razón lógica respecto al comportamiento de los precios de los energéticos.

Y los que se pierdan los argumentos lógicos y técnicos tendrán a muchos promotores del populismo que les machaquen que el subsecretario de Hacienda, Miguel Messmacher, aseguró que los precios de las gasolinas seguirán subiendo.

Seguro eliminarán la segunda parte del comentario del funcionario, quien habló del eventual comportamiento a la baja de los precios de los combustibles, dependiendo de las condiciones del mercado.

Estamos de estreno en eso del mercado de precios libres en las gasolinas y llegamos a este esquema ideal en momentos en que los precios del petróleo tienen una tendencia alcista, reforzados por la complicada situación geopolítica. Y de paso en tiempos de fortaleza del dólar frente al resto de las monedas.

En especial un dólar fuerte frente al peso, suma a las preocupaciones cambiarias globales sus propios demonios, entre los que casualmente se encuentra ese temor al populismo que ahora empieza a abrazar a los mercados.

Así que por ahora ni van a bajar los precios de la gasolina, ni se podrá educar rápidamente a una sociedad que estuvo acostumbrada históricamente a precios políticos de los combustibles. Ante ello, no hay que ponerse en la ruta del tren. Menos cuando lo que tiñe el proceso es el discurso simplón.

Porque en eso hay total coincidencia entre los dos candidatos opositores con posibilidades de ganar la presidencia. Tanto Andrés Manuel López Obrador como Ricardo Anaya Cortés hablan de congelar y bajar los precios de las gasolinas.

No hay forma de hacer eso si no es a través de reanudar la transferencia de recursos públicos para subsidiar este producto que beneficia mucho más a los que más tienen. Es una aberración, implica un riesgo financiero, una regresión, un costo absurdo… pero consigue aplausos.

Si fuéramos una sociedad con madurez política festejaríamos el refrendo que también acaba de hacer la Secretaría de Hacienda de que no va a regresar a la subvención de las gasolinas. Eso implica no utilizar recursos de programas sociales más sensibles para apapachar a sectores de más recursos económicos cuando llenan los tanques de sus autos. Pero es muy difícil entender esto en una sociedad a la que los rupturistas han invertido mucho tiempo en mantenerla enojada.

La suavización, como le llaman al sacrificio fiscal de no cobrar completos los impuestos especiales a la gasolina, alcanza para no encender la pradera con precios mucho más altos de las gasolinas, pero no cambia la percepción de que es una mala acción del gobierno para afectar a los pobres ciudadanos.

La combinación de una mala época para liberar precios con la pérdida del sentido común, por la penetración del discurso populista, hace recomendable que por ahora se abstengan los funcionarios públicos de hablar de las gasolinas.

Porque allá afuera hay muchos con la antorcha prendida, listos para acercarla a los depósitos de estos combustibles discursivos.

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