La xenofobia y el racismo han estado ahí, por décadas, como bombas de tiempo acompañadas por episodios tensos. El de Ferguson, el de las palizas de policías blancos contra afroamericanos o el “uso de la fuerza legítima” al disparar  contra migrantes de origen hispano.

El desplazamiento en la década de los ochentas de estadounidenses caucásicos de zonas como Los Ángeles –por migrantes hispanos, asiáticos o afroamericanos-, para quedar expulsados de la ciudad y tener que irse a vivir a los suburbios abrió espacios de tensión, resentimientos sociales y odio racial en esa importante área de la Unión Americana.

Los resultados han sido periódicas golpizas de policías blancos a hispanos y afroamericanos que han llevado a turbas en las calles que cometen saqueos e incendio de instalaciones, similares al de Ferguson.

Los republicanos –más todavía en su ala radical del Tea Party- enarbolan ese sentimiento caucásico de que los “originarios natos” de los Estados Unidos están siendo desplazados en muchos frentes y que su nación está perdiendo identidad ante las crecientes corrientes migratorias.

Pero es parte de una vieja forma del método político electoral conocido como la “Southern Strategy” que tiene connotaciones más relacionadas con la distribución del ingreso y el tamaño del sector público, a partir de recortar recursos fiscales en detrimento de programas sociales y de apoyo a las minorías y los pobres, sin cargar más impuestos sobre todo a los sectores más ricos de la población.

La xenofobia y el racismo son armas de manipulación electoral-psicológica. En Estados Unidos y en muchas naciones, a cargo de los partidos y políticos conservadores.

El sentimiento anti-inmigrante tiene su propio fundamento: se estima que hacia el año 2024 las personas de origen asiático, latino y los afroamericanos serán mayoría de la población en la Unión Americana, que no necesariamente estarán en los niveles medios o altos de ingreso.

El dominio racial a toda costa o la xenofobia como un fenómenos de mera discriminación o cultural son argumentos que sólo han servido de pretexto a las corrientes conservadoras estadounidenses, más viniendo de un multimillonario como Donald Trump.

Los recientes acontecimientos de la expulsión del periodista Jorge Ramos de Univisión de una conferencia de prensa de Donald Trump –en la que el candidato republicano espetó al conductor de la televisión que “este no era su país” (a pesar de que lleva años en esa nación) y el asesinato de una reportera de la CBS a manos de un ex compañero de origen afroamericano que argumentó su acción homicida en motivos raciales, son sólo dos puntas de un iceberg que tiene un profunda mole en el océano de la discriminación y la manipulación racial y xenófoba.

Es la batalla que por décadas han impulsado los grupos más conservadores bajo el lema de que los estadounidenses blancos están siendo desplazados en muchos ámbitos y su cultura afectada, aun cuando la creciente mayoría de latinos, asiáticos y afroamericanos son de alta relevancia para la economía estadounidense.

Donald Trump está exacerbando la escena del odio racial y xenofóbico en tiempos electorales a un costo alto que no sólo remacha estereotipos y creencias erróneas, sino que genera un estado de tensión social y conductas que han derivado en homicidios, lesiones y violencia masiva.

No es propio de Estados Unidos. El racismo y la xenofobia son parte de las estrategias electorales para calar en el sentimiento de sectores de la población que se perciben a sí mismo como afectados por el avance de migrantes y grupos raciales distintos a los suyos.

En “Racismo, Xenofobia y Distribución”, publicado por Harvard University Press, Johyn E. Roemer y coautores sostienen que los políticos y partidos conservadores de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, entre otros países, han usado en las últimas tres décadas el resentimiento de los votantes contra las minorías étnicas para ganar elecciones y minar la ayuda gubernamental a los pobres.

El argumento –o la manipulación central- es  que esas minorías y los programas de apoyo tienen un alto costo para los contribuyentes y por tanto afecta la redistribución del ingreso. Es una estrategia como la usada por Donald Trump, es la estrategia republicana en contra de acciones como el ObamaCare.

Es la “Southern Strategy” que implica hacer uso del elemento de racismo y xenofobia para incidir en políticas que tienen como objetivo primordial que haya un sector público pequeño que no gaste tanto y menos en programas sociales.

Un problema de disputa ideológica añeja se ha venido desbordando a la calle en Estados Unidos generando crímenes de odio, como el cometido contra la reportera y el camarógrafo de la CBS.

Y en ese contexto, Obama ha estado limitando el tema a que sólo es un asunto de orden social, de discriminación cuando más allá de esa circunstancia está la disputa por el proyecto de país para la próxima gestión presidencial de la nación más poderosa del mundo.

PostScriptum.- Quedó como rumor en el mundo de los constructores –y así lo documenta La Jornada- porque nunca se comprobó, pero la influencia y poder de la señora Aramburuzabala podría haber tenido injerencia en que por años se hubiera quedado detenida la obra del Puente de Hueyatlaco, que conectaría al municipio de Huixquilucan con la Ciudad de México. Aún no se termina el puente y el daño económico a las constructoras ha sido enorme. Ella era vecina afectada en su momento y aparentemente algunas de las obras proyectadas por Abilia hubieran tenido un impacto desfavorable, pero nada hay de que ello sea cierto. La historia ahora es al revés. Desde hace más de 5 años, diversos grupos de vecinos se han opuesto a la construcción de las torres de Rubén Darío que construye Abilia. Un primer grupo de vecinos desistió cuando la constructora de la mujer más rica de México aceptó algunas modificaciones sin que se hubiera resuelto el tema de la integración de varios predios, ni se hayan aclarado las modificaciones a la Manifestación de Impacto Ambiental, entre otras violaciones. Ahora, diversas agrupaciones vecinales se han opuesto a los cambios que ha hecho Abilia, lo que ha llevado a que el tema se ventile en el ámbito jurídico. Los vecinos, cualquiera de ellos, están en su derecho de demandar reparación de daños y exigir medidas de mitigación por los efectos desfavorables que ocasione una obra. Es una negociación, al final, no un delito aunque los montos puedan sonar exagerados. La Torre Mayor que construyó ICA-Reichman tardó años en construirse por un arduo y largo proceso de negociación con los grupos de vecinos que obtuvieron beneficios para la comunidad de alto monto. Las constructoras saben bien el tema de los pagos a vecinos y tienen claro que son parte de los costos que, después de todo, son cargados al adquiriente de residencias o de usuarios de servicios relacionados con la obra pública. El uso de tribunales y medios –sobre todo los pautados- son, muchas veces, tácticas de dilación para avanzar en el consumatum est.