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El cambio fundamental de las coordenadas de la violencia en México, me explica Eduardo Guerrero, es que no puede entenderse desde una perspectiva nacional.

Su lógica, su oscura racionalidad, aparece claramente solo cuando se adopta una visión local, cuando se observa el fenómeno desde una perspectiva regional, estatal o municipal.

Solo así, en esa dimensión micro, pueden entenderse las causas, y solo en ese nivel es razonable imaginar soluciones, todas ellas trajes a la medida para cada fragmento del inmenso mosaico en que se ha convertido la violencia mexicana.

Persisten, sin embargo, dos grandes redes criminales, cuya contienda por la hegemonía nacional explica, sigue Guerrero, quizá la mitad de los homicidios y los crímenes que registra la estadística.

Son el Cártel Jalisco Nueva Generación, que se ha expandido al estilo desalmado de Los Zetas a innumerables estados del país, y el Cártel de Sinaloa, que mantiene sus espacios dominantes en el norte y el noroeste.

La otra mitad de los crímenes del llamado “crimen organizado” es atribuible a bandas dispersas, no vinculadas a los cárteles, con frecuencia más violentas que ellos. Son tantas como 240, según la última medición de Lantia Consultores, que preside el propio Guerrero.

De modo que, luego de 10 años de seguir la estrategia de fragmentar para debilitar a los grandes cárteles, tenemos el peor de los mundos posibles: dos grandes cárteles en guerra por el territorio nacional y 240 bandas hincando los dientes en sus comunidades locales.

A esto hay que añadir, dice Guerrero, que el crimen común ha subido también sus cotas y es más audaz, más intenso y más violento de lo que era, pues en muchos sentidos sus procedimientos imitan los de las bandas del narco.

Los umbrales del crimen común se han elevado como resultado de esta imitación de los delincuentes mayores y a consecuencia de la impunidad rampante: los cárteles mayores enseñan también que se puede matar y delinquir sin temor al castigo.

En este contexto de impunidad, hay cada vez más gente armada, y mejor armada, que antes, para defenderse o agredir, lo cual eleva la letalidad no solo del crimen común sino hasta de las riñas callejeras.

Y en eso andamos.

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