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Dice que el representante de los “puros” lo manipulaba.

Que Jesús Ramírez Cuevas le hablaba al oído, le pasaba tarjetas, lo convencía de su narrativa en los pasillos de Palacio Nacional, minutos antes de comenzar las Mañaneras, que así se gestaban los discursos presidenciales de odio, los señalamientos encarnizados contra periodistas y empresarios.

Julio Scherer, acompañado por el excelente periodista Jorge Fernández Menéndez, narra años, muchos años de amistad con Andrés Manuel López Obrador, de acompañarlo en las peores horas, el plantón el Reforma, y en el gozo del triunfo de 2018. Lo hace con un dolor que corre por sus venas en busca de una salida, con una tensión sostenida que corta la respiración del lector, con una pasión oscura que mezcla el rechazo y la fascinación.

Al terminar el libro uno quisiera, simplemente, uno quisiera que no fuese verdad. Que las cosas no hubiesen sido tan canallas, que nuestro destino no hubiese estado en manos tan viles como las que señala Julio.

¿Hay cansancio en su narración? Hay un cansancio tan grande como su desencanto, pese a repetir que ha sido un privilegio su cercanía con el político tabasqueño, al que califica como un “predicador cristiano”, un hombre que vivía para las giras, la gente, los templetes, los discursos siempre iguales.

Hay tres hilos conductores en el libro “Ni venganza ni perdón”. Uno el retrato espeluznante de López Obrador a través de más de 20 años. Otro la participación, el poder, la corrupción, de personajes cercanos a su inmenso poder como Bartlett, Olga Sánchez Cordero o Jesús Ramírez Cuevas. Y uno más las infamias tejidas en contra de Scherer Ibarra.

Detrás, junto, al lado de estos tres testimoniales tan distintos pese a ser convergentes, hay una voz en OFF, una voz que habla en silencio, que reconocemos todos los que lo conocimos, los que tuvimos, aquí sí, el privilegio de tratarlo, de recibir sus consejos, de constatar la rigidez inmensa de sus normas morales, es la voz de su padre, de don Julio Scherer, siempre presente.

Uno termina de leer el libro con ganas de llorar, de escupir al cielo, de lamentarse a gritos por el pinche país que padecemos.

Supongo que Julio lo dictó, lo escribió, con peor sensación de disgusto. Un asco corrosivo.

¿Cómo es posible que López Obrador, con todo el poder, con todos los años de experiencia, con todo lo que vivió para llegar a Palacio Nacional, haya podido ser manipulado por Ramírez Cuevas? Lo del fideicomiso a los trabajadores de Luz y Fuerza del Centro es, debería ser un escándalo nacional. Además de lo que se afirma, Fernández Menéndez subió a sus redes sociales dos imágenes, de dos “Mañaneras”, una cuando AMLO habla de que Ramírez Cuevas está a cargo de estos pagos, otra cuando la Presidenta Sheinbaum presenta una gráfica y escucha como existen, hoy, pensiones de hasta un millón de pesos mensuales para estos trabajadores. Imposible negarlo.

Las preguntas sembradas, la presencia de incondicionales bajo sueldo, muchos ceros, con preguntas dictadas, el circo matinal al servicio de sus intereses…

El tema principal del libro, lo que debe atenderse de entrada, es el retrato que hace de López Obrador. Julio es un espejo cercano, receptor de gritos y exabruptos, compañero de cenas privadas, hacedor de estrategias en su defensa, colaborador, convencido, conocedor de las miserias y las luces del que vive hoy en Palenque “rodeado de árboles, en una casa de campo”.

Un hombre que: “ahorita sería feliz si los gringos hicieran algo en su contra, porque es lo único que le falta: haber empezado como líder social, llegar a jefe de Gobierno, después a presidente y finalmente regresar a las condiciones de un líder social perseguido”.

El mismo que pidió a Beatriz, cuando el desafuero, que le hiciera una “maletita” para irse a la cárcel, con desodorante, ropa interior, lo indispensable. Y que cuando tardaban en detenerlo mandó al diablo a los abogados y se fue, con su chófer, al Reclusorio Norte para exigir ser arrestado: “Sabía que, si iba a la cárcel, se transformaría en un personaje distinto ante la sociedad: sería una víctima de la política”.

Scherer lo muestra como una víctima del poder, manipulado por el enviado de los “puros” de su movimiento, rodeado de personajes siniestros, nombrando candidatos por rifas o por intereses políticos, a sabiendas de quiénes eran, perdonando intrigas, tolerando todo a unos y terminando relaciones entrañables, rompiendo alianzas que iban más allá de la política. Cercado por la realidad, entrampado por su realidad.