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De niño me llamaba la atención los chistes de manicomios y locos. En ellos nunca faltaba el del orate que en su delirio se sintiera Napoleón Bonaparte. Clásico: el del director del psiquiátrico que a un interno que pregonaba ser Napoleón, mandó encerrar y lo declaró loco de remate. ¿Por qué lo encierra? —le preguntaron. Porque Napoleón soy yo.

Ahora a la distancia del tiempo reflexiono sobre el motivo por el cual la figura del político y militar, nacido en Córcega en 1769, cuando ésta isla recién la habían comprado los franceses; que destacó durante la Revolución Francesa, que llegó a ser Emperador de Francia (1804-1814) y que tenía la costumbre de retratarse con la mano derecha dentro de la ropa tocándose el abdomen no se sabe si porque padecía dolor de estómago, o porque con dicha mano se detenía alguna prenda interior o bien, se tapaba el ombligo para protegerlo de un mal aire, fue tomado como paradigma de la locura.

El periodista español, Manuel Hidalgo, escribió al respecto: “Los locos del chiste se creían Napoleón. Ahí radicaba la medida de la grandeza del emperador y, desde luego, también la vulnerabilidad, por exagerado, de su sueño de dominar al mundo. Nunca se escuchó un chiste sobre un loco que se creía Alejandro Magno o Julio César que tampoco fueron mancos. Napoleón era lo más”.

“Creerse Napoleón, por tanto, cuando se era inquilino del manicomio con la cabeza perdida, daba la máxima dimensión de la locura. Esto era interesante porque fijaba, en el inconsciente popular, y al margen de la ciencia, dos o tres características de la locura: no saber quién es uno, creer ser otro y, al hilo, creer ser el más grande”.

Lo anterior viene al caso precisamente hoy 20 de febrero del 2025 al cumplirse un mes de que la Casa Blanca se convirtió en manicomio al albergar en ella a un orate de color anaranjado al que sólo le faltaba para confirmar su total chifladura el compararse con Napoleón como recientemente lo hizo.

A consecuencia de uno de sus múltiples trastornos de los que se vale su cómplice y patrocinador, el archimillonario Elon Musk, para que el magnate neoyorquino siga al pie de la letra sus ideas como la de minimizar o liquidar sectores del gobierno estadounidense, lo cual ha generado un rechazo por parte de los tribunales, con cerca de una docena de órdenes judiciales emitidas contra su gobierno a partir de más de 40 demandas.

Los síntomas de demencia de los que ha dado muestras el megalómano magnate lo ha contrapuesto con los jueces de su país. Son varias las causas de la desavenencia, como su plan para abolir la ciudadanía por derecho de nacimiento; el envío de inmigrantes a Guantánamo; los recortes de fondos a los Institutos Nacionales de Salud y los despidos en la Agencia Estadounidense para el desarrollo Internacional (USAID); así como el propósito para trasladar a las reclusas transexuales a cárceles de hombres.

A través de su vocera, Karoline Leavitt, la Casa Blanca, acusó a los jueces de los tribunales de distrito en jurisdicciones liberales de todos el país de “abusar de su poder para bloquear unilateralmente la autoridad ejecutiva básica del presidente Trump”.

La guerra que sostiene contra el Poder Judicial el perturbado neoyorquino ha llegado a provocar que en su desvarío haya adoptado la personalidad de Napoleón Bonaparte al proclamar: “Quien salva a su país no viola ninguna ley”, como dicen que dijo el chaparrito francés al que se le achacan más frases célebres que las que pronunció.

Nadie tiene la certeza de que la frase fuera dicha por Bonaparte. En realidad Trump la escuchó en la voz del protagonista de la película Waterloo (1970). Pero como sabemos, para los gringos si Hollywood lo dice tienen que creerlo.

Punto final

“Ella se llamaba Martha”. Napoleón.