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Pena ajena es lo que se siente después del episodio protagonizado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, frente al mandatario ruso, Vladimir Putin, y sus pobres pretextos cuando regresó a su país.

Vergüenza no por este personaje que ha sabido alejar cualquier empatía hacia él. Es más bien un sentimiento de compartir el pesar de todo un pueblo que durante todas las generaciones de la posguerra fue educado para ver a los soviéticos primero y a los rusos después como los antagonistas naturales.

Ciertamente que lo deseable es que haya diálogo y entendimiento aun entre los grandes enemigos de la Guerra Fría, pero de ahí a ver la humillación que propició Donald Trump hay una gran distancia.

Rusia interfirió en las elecciones presidenciales del 2016 en Estados Unidos, ésta es la conclusión de los servicios de inteligencia que Donald Trump fue a desmentir y a denostar frente a Vladimir Putin, quien asumió de facto el podio del liderazgo mundial con esa exhibición que hizo de Trump.

Lo más lamentable para la todavía primera potencia mundial es que esa sesión de poder que hizo Trump a Putin fue acompañada de un largo camino de desprecio y maltrato a los tradicionales aliados estadounidenses.

Para que el republicano llegara a hacer el ridículo en Helsinki, primero pateó el trasero de sus socios comerciales europeos, pisoteó a los alemanes por sus alianzas energéticas, amenazó a sus aliados militares de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, maltrató al gobierno británico con el que comparte literalmente el ADN y de paso ridiculizó a la máxima representante de las monarquías sobrevivientes del planeta.

No sólo deja a una reina enojada y mandatarios humillados, Trump ha provocado que el mundo se organice a sus espaldas.

Hoy el principal defensor del libre comercio mundial no es Estados Unidos, es China.

Y a la par que Trump se ridiculizaba frente a Putin, europeos y japoneses firmaban el acuerdo de acercamiento más ambicioso de su historia, justo para abrir nuevos mercados que Estados Unidos hoy pretende cerrar.

Las consecuencias de la conducta de Donald Trump van a sufrirse en todos lados menos en la cancha correcta. Porque en el colmo de la desgracia planetaria, los últimos que se enteran —y que de hecho les interesa todo ese destrozo geopolítico— son su base electoral.

Lo primero que hizo Trump para tratar de hacer un control de daños fue tomar su arma de destrucción masiva favorita y tuitear: la economía de Estados Unidos está más fuerte que nunca.

Y a partir de ahí en cascada regresó a dar esos dulcecitos que tanto gustan a sus clientes electorales. Golpear demócratas, hablar de lo maravilloso de su plan fiscal, de los fantásticos empleos que ha creado. Y claro, a denostar al creciente número de medios de comunicación que lo evidencian. Vamos, hoy ni los dogmáticos seguidores de Fox News pueden evitar sentir vergüenza por su presidente.

Ese personaje que tanto se equivoca y nada repara, ese presidente estadounidense que está destruyendo el orden mundial con rumbo a ninguna parte, no está solo.

Detrás de ese actuar cavernícola hay millones de personas que siguen con respaldo total a su torpe manejo cotidiano.

Las encuestas de popularidad de Trump entre su base electoral difícilmente se mueven, haga lo que haga.

Trump puede acabar solito con su presidencia, con el poder de su país y con sus alianzas. Lo que hay que averiguar es cómo se disuelven esas olas de fanatismo que cunden por el mundo.

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