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Donald Trump presiona a sus contrapartes mexicanas y canadienses por dos cosas: primero, porque no se doblegan tan fácilmente y después porque hay la convicción en los gobiernos de Enrique Peña Nieto, en México, y de Justin Trudeau, en Canadá, de defender el libre comercio.

Si fueran presas fáciles, ya estaría firmada la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) con todas las concesiones que pretende el gobierno del republicano.

Pero lo que no mide bien la administración de Donald Trump es que el TLCAN es una institución y que por estos lares estaría en la antesala del poder alguien a quien le gusta mandar al diablo a las instituciones.

Hoy, Trump no tiene empacho en despotricar desde su cuenta de Twitter o en sus mítines con sus clientes políticos, en contra de México, Canadá y los supuestos abusos que ambos cometen en contra de su pobre país.

Llama alevosos a los canadienses por aprovecharse en materia agropecuaria y llama secuestradores a los mexicanos por ofrecer al sector automotriz un sitio atractivo para las inversiones. Lo hace porque en el nombre de una buena relación comercial, de la diplomacia y la prudencia política no encuentra una respuesta en esos mismos sótanos de la arrogancia.

Pero si se le aparece uno igual o peor, va a hacer estallar la relación y todos vamos a perder.

Ayer, por ejemplo, desenfundó su móvil y tuiteó que los granjeros de su país no han tenido un buen desempeño durante los últimos 15 años. México, Canadá, China y otros los han tratado injustamente.

Prometió que para cuando termine la renegociación de los acuerdos comerciales eso va a cambiar.

Si alguien ha sacado provecho de la relación con México, son los granjeros estadounidenses, pero con este personaje está por demás. La realidad está divorciada del presidente de Estados Unidos, lo que para él cuenta es su estilo altanero y alevoso de negociar. La realidad es un accesorio.

Las pláticas siguen oficialmente activas, aunque suspendidas después de la aplicación de los aranceles al acero y al aluminio. Porque realmente es muy difícil sentarse a la mesa con esa pistola proteccionista del presidente de Estados Unidos en la cabeza.

Trump cree que la táctica de pisotear a sus socios va a dar resultados. Se equivoca, lo que realmente hace es desperdiciar el poco margen de maniobra que le queda de salvar el acceso libre al mercado mexicano como lo conoce.

No es para nada descartable que en poco tiempo el gobierno de Estados Unidos se arrepienta de no haber llegado a un acuerdo a tiempo con México y que tengan que ver a los ojos a los verdaderos proteccionistas del siglo pasado.

Ese deseo de preservar el libre comercio por parte de México puede no durar para siempre y, si la puerta está abierta para dar paso a una política estatista y proteccionista, le puede tomar la palabra.

Nada peor le puede pasar a México, a Canadá, a Estados Unidos y al propio Donald Trump que encontrarse con un espejo de arrebatos y absurdas decisiones al sur de su frontera.