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La pregunta real es, si además de la clara marginación que se ha hecho del gobierno de Justin Trudeau en las renegociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), no estará también haciendo falta la presencia del gobierno de Enrique Peña Nieto.

Repentinamente, las pláticas comerciales tomaron el estilo Trump de negociar y los interlocutores visibles fueron el propio presidente de Estados Unidos y el virtual presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador.

Si en algo han sido extremadamente pulcras todas las partes involucradas en la negociación es en evitar filtraciones de los avances de las pláticas, así que hay que tomar con mucho cuidado cualquier supuesto adelanto.

Pero con base en lo ostensible podemos ver que a los canadienses los han marginado y las posturas firmes de la delegación mexicana que encabeza Ildefonso Guajardo se han cambiado por un idilio lleno de adulaciones entre los funcionarios de Donald Trump y López Obrador.

El gobierno de Peña Nieto ya se va, entiende su postura de lame duck y no tendría ningún sentido insistir en una agenda comercial que fue aplastada en las urnas por una postura comercial que parece dispuesta a ceder a las exigencias de Donald Trump a cambio de algunas migajas de programas asistencialistas como en los años 60 del siglo pasado.

La formalidad durante estos próximos cuatro meses nos indica que el gobierno en funciones encabeza la negociación, con la compañía del gobierno entrante, aunque ya en la privacidad de los salones la batuta quizá la empuñe el representante de López Obrador.

Lo único que no está dispuesto a hacer el presidente Peña Nieto es firmar un acuerdo que notoriamente corra en contra de los intereses mexicanos. Pero algunas concesiones sí las puede aceptar.

De hecho, dentro de su propio equipo se dio esa discusión a principios del año. En aquel momento algunos de los más cercanos al presidente, con más preocupaciones electorales que comerciales, trataron de convencer a Peña Nieto de aceptar algunas de las exigencias estadounidenses con tal de firmar con oportunidad la renegociación y así obtener bonos adicionales que creían habrían servido para impulsar a su candidato.

Otros, con mucho más conocimiento de los temas comerciales, amenazaban con dejar sus puestos si prevalecía esa visión cortoplacista de ceder en temas cruciales por un efecto de corto plazo. Todo eso fue antes de la debacle electoral.

Mientras tanto en Canadá el primer ministro, Justin Trudeau, enfrenta una presión política interna importante porque se le ve marginado de las pláticas. Su gobierno se defiende con el argumento de que aun en un acuerdo trilateral se mantienen pláticas bilaterales y éste es el caso entre México y Estados Unidos, por el tema automotriz. Muchos lo ven relegado e insultado por Trump.

Como sea, la fotografía actual de las negociaciones del TLCAN, que debería ser de tres países más un próximo nuevo gobierno invitado, aparece como un encuentro bilateral entre Trump y López con dos mandatarios marginados: Trudeau y Peña Nieto.

Si el tiempo confirma que esto queda en un acuerdo entre los gobiernos de Donald Trump y López Obrador, acabaría todo como un incompatible matrimonio entre un idealista y un pragmático.