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Cuando el inexperto gobierno de Ernesto Zedillo llegó al poder el 1 de diciembre de 1994 ya sabía que la economía mexicana estaba prendida con alfileres.

Con una enorme soberbia pretendió arreglarlo todo a través de dialogar con los empresarios y manejadores de capitales en los mercados para que colaboraran con un plan de ajuste cambiario que reencauzara las cuentas públicas.

Lo único que consiguieron fue patear el avispero de los mercados financieros que le dieron forma en muy pocas horas a lo que se conocería como el error de diciembre.

Muchas cosas han cambiado desde entonces, entre otras, que el propio gobierno de Ernesto Zedillo, ya con más tablas, puso las bases de una economía más orgánica, transparente y estable.

Hoy, el propio presidente entrante, Andrés Manuel López Obrador, reconoce que le dejan una economía sólida. Cerró pues cualquier rendija de duda sobre algún cadáver en el clóset financiero del país. Y siempre será igual, cada nuevo gobierno que llega al poder presidencial lo hace sin experiencia de cómo gobernar. Inevitablemente se dan cuenta de que no es lo mismo imaginar el poder que sentarse en la silla.

Pero con una economía sólida, con instituciones financieras estables y firmes, como el Banco de México, el riesgo no está tanto en la novatez sino en la imprudencia.

No hay duda de que la consulta entre el pueblo bueno que concluyó fue un acto imprudente. Por supuesto que no por consultar a la población, tampoco por preguntar sobre un tema tan técnico como la ubicación de un aeropuerto, sino por el golpe a la confianza de plantear destruir una obra en marcha que implica el riesgo de muchos inversionistas.

A partir de hoy se tienen que dar explicaciones. Y no se trata, como dice el presidente electo, de reunirse con los empresarios para serenarlos. Eso fue precisamente lo que intentó Ernesto Zedillo en diciembre de 1994, y se dio cuenta del error cuando ya se había desatado la crisis.

Los mercados financieros son hoy tan omnipresentes y tan intangibles como el tener acceso a Internet en el celular y colocar una orden de venta del peso mexicano en Taiwán o vender un bono gubernamental en Berlín. Nuestra moneda se opera literalmente en todo el mundo y por más peso que tengan empresarios de la talla de Carlos Slim, no es serenando a un puñado de grandes emprendedores nacionales como se evitan las calamidades financieras.

Es tan necesario que el próximo gobierno entienda que hoy en el mundo no hay una lucha de clases, sino un excesivo pragmatismo financiero capaz de reaccionar en fracciones de segundos a las señales que se manden.

El resultado de la famosa encuesta pasa a segundo plano, lo que queda tatuado es el mensaje: el sentido común estará sometido al escrutinio de un grupo sesgadamente elegido de consultados que, a través de instrumentos tan amañados como la consulta de este pasado fin de semana, diluirán la responsabilidad de tomar decisiones importantes de gobierno, incluso en los temas que requieran más experiencia.

Esto es lo que hoy tiene que explicar cabalmente el próximo gobierno para mantener ese valor tan indispensable que debe tener cualquier economía que aspire a desarrollarse: la confianza.